El día que conocí a un vikingo

Lucas tenía hora en el ambulatorio. Últimamente, si no llamas para que te den cita, puedes llegar a perder la compostura en la sala de espera.

Dicen que la espera desespera y en esta ocasión, Lucas tiene toda la razón.

Ya que en su pueblo no te puedes poner enfermo los fines de semana porque el ambulatorio permanece cerrado, no tenía otra opción que ir al más cercano en el que sí está abierto.

Salió de casa en dirección a la estación y por muy poco perdió el tren. Así que tuvo que esperar un rato; el suficiente para encontrarse con un tipo largo como un pino que deambulaba de aquí para allá por el andén.

Hacía sol. Demasiado para ser enero.

Mientras hacía un poco de bronceado, observaba al tipo pino. Un poco calvo, delgado, con pinta de extranjero y una barba que le recordó bastante a un compañero de trabajo, pero en esta ocasión pelirroja en vez de negra.

En un momento dado, el tipo pino se sentó al lado de Lucas y de una forma distendida se pusieron a hablar del tiempo.

Llegó el tren y ambos subieron en el mismo vagón.

Aunque Lucas bajaría en la siguiente estación, se sentó frente al tipo pino y este se puso a hablar de automóviles. Que si esta marca, que si la otra. A Lucas los coches le importan un pimiento, pero por educación o tal vez por curiosidad, seguía atento a los comentarios del tipo pino.

—Me apeo en la próxima estación. —Le dijo Lucas—.
—Perdona, ¿acaso eres alemán?
—No. Yo soy un vikingo. —Le respondió de una manera solemne, con autoridad, firme, sin vacilación—.

Mientras Lucas se dirigía al ambulatorio (está a menos de ocho minutos de la estación) recordaba con una sonrisa en el rostro, la respuesta de su interlocutor: «yo soy vikingo como tú eres catalán».

No sé cómo suena el acento de un vikingo, pero si lo dijo tan contundentemente, habrá que creerle.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio
Hola 👋 ¿Te puedo ayudar?