Al final tropecé y me rompí los morros

En esa etapa pandémica que padecimos todos de un modo u otro, sirvió para que mucha gente sin escrúpulos, los llamados vampiros de energía y buenas intenciones, aparecieran como cucarachas (y perdón por las cucas) y nos robaron la alegría, camuflándola de buenas intenciones y falsas promesas. Nos vendieron la moto de forma literal y tangible, al menos en mi caso. Y no hablo ni de Lucas, ni Biel y ni tan solo de Oswaldo. Hablo de mí, el que escribe.

No creo que sea casualidad que, en los cuatro meses que duró el encierro, aparecieran en las redes sociales tanto vendehumo como recuerda mi pobre cabeza. Personajes de dudosa procedencia te vendían el gran regalo y después de caer de bruces como nos pasó a unos cuantos, resulta que en la caja solo había una mierda como un campanario de alto.

En noviembre de 2020 tuve la osadía de escribir un relato cuyo título auguraba un antes y un después en mi vida profesional. «Por el buen camino» debía ser un llamamiento a los fantasmas de mi interior para expulsarlos lo más lejos posible y empezar a trabajar en un nuevo proyecto de vida. Perdóname la expresión: Y UNA MIERDA COMO UNA OLLA (las rimas nunca fueron mi fuerte).

Después de meses de padecer sudores fríos por las noches, pesadillas que me despertaban con un sobresalto, coincidí con otros humanos que, como yo, también padecían los mismos síntomas. Entre todos se montó una plataforma para luchar contra esta chusma. Aún no tenemos respuesta por parte de los legalistas. Estamos en ello.

De todos modos es curioso como se pasa de un grupo grande a tres únicos valientes que se atrevieron a poner una demanda. La plataforma prometía. Cuanta más gente mejor, pero al final el número de voces decreció estrepitosamente y solo quedamos tres. Y no lo digo como una frase hecha, no. Hemos quedado 3.

Vendehumos siempre los habrá. Aparecen cuando estás débil de mente, cuando estás con las defensas bajas. Tienen los argumentos para venderte la moto, levantarte la camisa y sacarte los cuartos (como decía mi madre) y encima, todo eso con tu consentimiento. Encima.

No sé cómo acabará la demanda. No sé si ganaremos. De momento, el que escribe perdió una pasta importante. Una que hubiese servido para reducir otros gastos mucho más importantes que las mierdas que nos metieron (con nuestro beneplácito) sin vaselina.

Conocí a un tipo que destapaba todas estas mierdas y tenía la valentía de citarlas en sus videoblogs. Ole tus huevos Goyo.

Si el juez falla a nuestro favor (que todo está en el aire), intentaremos localizarlo para darle las gracias. Fue en uno de sus videos en el que habló de estos vampiros, aprovechados, neuromarketinianos agresivos, alumnos de un gurú mucho más agresivo que ellos, que te venden duros a cuatro pesetas, pero los únicos que ganan son ellos, no tú.

No sigo escribiendo porque cada vez que recuerdo esas épocas oscuras me pongo de muy mala leche y todo, indudablemente, por mi culpa.

Me voy a despejar un rato escuchando a Michel Petrucciani.

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