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No se trata de una discoteca que había hace muchos años en Barcelona, ni tampoco de las clases sociales entre los años 1901-1910, que se representaban en la película Downton Abbey.

Ese título tan extraño me ha venido a la cabeza cuando estaba tumbado al sol, como si fuese una lagartija, en el techo del búnquer que hay en la zona sur de la playa de mi pueblo.

Se construyó alrededor de 1937 y sirvió para defenderse de los ataques de los buques de guerra que venían de Mallorca y los que patrullaban toda esa zona.

Este búnquer tenía capacidad para veinte hombres. Quizás un poco apretados pero al menos, protegidos de las balas enemigas.

Entre ellos y yo había un espacio temporal de 84 años. Casi nada.

Estaba pensando cómo cambian los puntos de vista y las épocas vividas. Cómo se ven las cosas desde arriba o desde abajo. Cómo se ve el mar.

El mar siempre está ahí, delante, azul. Las épocas no. Los hombres tampoco.

Ellos, en tensión, expectantes ante los acontecimientos. Yo, relajado, mirando el mar, el cielo. Pensando qué se les pasaría por la cabeza a estos hombres que se parapetaban en un cubículo de hormigón, con unas pequeñas ventanas, con la medida justa para sacar las armas.

Qué sueños tendrían. Qué futuro les esperaba.

84 años no son nada o lo son todo. Depende de quién lo piense y cómo se mire.

Cuánta gente ha caído por el camino desde entonces. Cuantos sueños rotos, sin futuro, sin esperanza.

Ahora, 84 años después, pienso en esos hombres, en sus historias, en su legado. ¿Quedará algún descendiente en el pueblo? ¿Quedará alguien para explicar cómo se vivía arriba, dentro o debajo del búnquer?

Dentro de 84 años, ¿habrá alguien tumbado al sol como una lagartija, con los mismos pensamientos que yo? ¿Tendrá las mismas dudas, las mismas ideas surrealistas?

Tendremos que esperar para saberlo.

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