Una muerte dulce

ni 155 ni gobierno de la generalitat

Primero fue el artículo 155 impuesto por el gobierno de Spain y después el artículo «pels meus collons» impuesto por los de aquí que no quieren soltar la teta. Entre unos y otros, nos están dando, al resto, por la «collonae».

Siempre me he considerado un tipo más #pro-d-aqui que #pro-de-otro-sitio, pero cada vez estoy más cansado.

Llevan años movilizándonos para que demos lo mejor de nosotros en todo tipo de eventos, en este país tan petit que sempre fa coses.

¿No sería hora de que los que impusieron el artículo «pels meus collons» dejen de marearnos con sus rabietas y sus chiquilladas y se pongan a trabajar de una vez?

Después de las últimas elecciones de aquí, impuestas por los de allá, tenían un cierto margen de maniobra para formar gobierno. Igual estoy equivocado, pero ¿no se habló de que la fecha límite era el 15 de marzo?

Estamos a 17 de mayo y aquí nadie ha vendido una escoba. Ni tan solo una pala, para enterrar al muerto.

Llegará el verano y ya me veo, otra vez, en los colegios electorales, pensando a quien coño votar. Ya van faltando alternativas. ¿Rojos? ¿Feos? ¿Chulos? ¿Señoritos? ¿De quién nos podemos fiar? Personalmente, de nadie.

Si se presentasen a estas nuevas erecciones los amigos de los animales, pueden contar con mi voto.

Es de vital importancia que se pongan de acuerdo de una vez. Es preciso que «com a país petit que fa coses», se ponga la maquinaria a trabajar, si no, al final, nos volverá a pillar el tren y tendremos que enterrar a alguien o algo y tal dia farà un any.

Yo era de los que, en 2017, después que la fuerza bruta del estado vecino, engarjolara a los Jordis, en primera instancia y después al resto, colgué en mi terraza, como tantos otros, nuestra senyera, en señal de protesta.

Hacía muchos días que me estaba planteando retirarla porque la pobre ya no aguantaría un verano más.

Este finde pasado, celebré una ceremonia privada ante los representantes de la república de mi casa. Cumplíamos perfectamente el límite de asistentes, pero no me preocupaba demasiado, ya que los tres estamos en la misma burbuja.

Descolgué la senyera, la doblé en no sé cuántos trozos y la metí en lo primero que tenía a mano: un paquete vacío de azúcar bio.

Tuvo una vida casi feliz, cara al sol. A veces, le ponía un poco de bronceado para que no se quemara la piel. También solía salir a contarle algún cuento para que se durmiera. Fue una buena compañera de fatigas, pero últimamente ya no podía con su alma.

Aprovechando que no hace mucho, se aprobó la ley de la eutanasia, este finde la desconecté de todos los tubos, digo bridas.

Ahora, por fin, descansa en paz. Ya estaba hasta los cojones de estar ahí, colgada, para nada.

Una muerte dulce

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