Del dicho al hecho hay un trecho

Creo que las expresiones populares no sirven a todos por igual. Cuando dices le fue de un pelo, ¿incluyes también a Pedro el calvo? Supongamos que tienes una amiga policía que se llama Mari y es morena. En esta ocasión, el dicho armarse la marimorena «queda que ni pintado». Con Mari, la morena, te vas a un restaurante de esos que te pones las botas. ¿Si vas con la Mari, qué es mejor, ponértelas o quitártelas? Si en vez de ir con la morena a un restaurante, te vas a un motel, entonces ese dicho no encaja.

Hace tiempo leí que allá por el siglo XIX, unos tipos se estaban peleando con otros en un descampado. Los primeros necesitaban ayuda urgente porque los estaban machacando. La ayuda tardó más de la cuenta. Los que debían añadirse a la contienda era un equipo de la secreta que llevaba en sus uniformes unas tiras verdes en las mangas. Al tardar tanto, cuando llegaron al meet in point, solo quedaba Pedro, el calvo y tres vacas locas. Una de ellas (parece ser que las que están locas saben hablar) le dijo al sergent Pepper’s a buenas horas mangas verdes. Ahora ya no hace falta. Ya estamos todas muertas… de sed.

Pedro, el calvo, las tres vacas locas y siete mangas verdes del equipo del sergent Pepper’s, caminaron por el monte durante más de diez días, en busca del arca perdida. Por primera vez, se dieron cuenta de que no todo el monte es orégano. Cabía la posibilidad de que se desorientasen al caminar tanto rato de noche. Sabían, o lo habían oído, que de noche todos los gatos son pardos. Así que Pedro le dijo al segundo mando de la manga verde que de perdidos al río.

Tal como están las cosas, te reciclas o pereces. Así que una de las vacas se sacó el título de patrón de yate para ver si podía valerse por sí misma. Fue a un banco a pedir un préstamo con su prima Matilde. El director le preguntó por qué venía con Matilde, a lo que la vaca respondió que Matilde labalaba. Cuando llegaron al río, se encontraron en la orilla una barca antigua, despintada y con algún que otro agujero. Las vacas que se olían el paño de cómo se las gastaba Pedro, lo tuvieron en el punto de mira durante un buen rato y pudieron comprobar que no daba un palo al agua.

Mientras que en la barca se armaba un motín, el cuarto manga verde y la segunda vaca empezaron a intimar porque, viendo el futuro que le esperaba a la pequeña embarcación, pensaron que de tripas, corazón y mientras andaran calientes, se podía reír la gente, Pedro y cualquiera que se les pusiera a tiro. Les daba igual. Ya en la contienda, se les vio el plumero enseguida, pero como dice el refrán: el amor es ciego.

Tres meses después del viaje en la destartalada barca, Gustavo el calvo, que en sus ratos libres hacía de juez de paz, casó al cuarto manga verde y la vache qui rit. Estas dos almas que se cruzaron en un momento álgido de sus vidas, fueron felices y comieron perdices. Y sin haberlo deseado, este cuento se ha acabado.

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