Tan cercanos y tan desconocidos

Llevo una semana intrigado. Isabel me llamó hace unos días para invitarme a una reunión de amigos y vernos el domingo, 21 de marzo, en la montaña.

—¿El 21 de marzo? ¡Pero si es el día mundial de los árboles! —¿Quiénes serán esos amigos de Isabel, que hemos de quedar en la montaña? Me pregunto.

Viniendo de Isabel, seguro que será divertido.

Por fin. Domingo. Son las ocho de la mañana. Desayuno. Tengo tiempo. Hemos quedado a las 10 h en el Arboretum Masjoan, en Espinelves, un pueblo de la comarca d’Osona, en les Guilleries.

Para el que no lo ubique, allí se concentra una de las plantaciones de abetos de navidad más importante de Catalunya.

Ya hemos llegado. Hace frío, aunque se presenta un día fantástico y más si viene de la mano de Isabel.

Empiezan las presentaciones. Me quedo perplejo. No me lo habría imaginado nunca. Nos presenta a seis abetos, ocho pinos, cuatro robles, cinco cedros y siete secuoyas.

Una vez presentados, nos explica que llevan tiempo trabajando a su favor. —Son seres vivos que necesitan nuestra ayuda. —Llevan quejándose desde hace mucho y casi nadie se preocupa por ellos. Nos comenta.

Aún así, en los primeros tiempos de convivencia con los humanos, vivían en equilibrio.

Ilustración de Anna Verdaguer

En la charla que nos tenía preparada, nos explica un montón de cosas alucinantes.

Me planteo una cuestión: tengo 59 años, un minuto si lo comparo con un abeto Douglas de 1910. Y nada si lo comparo con un BaoBad de Senegal que tiene 6.000 años.

Entre los tres hay muy pocas diferencias, a parte de la edad. Los tres sentimos nuestro entorno. Podemos apreciar la brisa de la mañana rozando nuestra «piel». Cerramos los ojos cuando hay demasiada luz y los abrimos cuando llegan las sombras de la noche. Respiramos el mismo aire.

Tenemos un buen olfato. Podemos comunicarnos con nuestros semejantes e incluso con otras especies. Cuando tenemos hambre, comemos. Cuando estamos sedientos, bebemos. Cuando necesitamos mimos, nos achuchamos pero también nos distanciamos si preferimos la soledad.

Si estamos contentos, se nota pero cuando estamos tristes, a ellos se les nota más. Cuando les fallamos, no pueden huir. Permanecen firmes, pacientes, serenos, esperando. Paciencia es lo que les sobra. Han tenido tiempo, mucho tiempo para conocer nuestros errores.

Desde que el humano pasó de ser su amigo a ser su rival están pidiendo ayuda. Aunque no todos entienden sus lamentos, hay un grupo de seres bondadosos que han interceptado sus mensajes y están dispuestos a hacer lo que sea para que nuestros amigos vuelvan a sonreir.

Al principio de los tiempos, el árbol era nuestra fuente de vida. Nos dio cobijo, alimento, seguridad, paz, calor y sin pedir nada a cambio. Bueno, sí. Sólo deseaban vivir en armonía con nosotros.

Los árboles, cuya vida es prácticamente eterna, han sabido cultivar la paciencia, la serenidad y la templanza para convivir con los humanos. Aunque una gran parte lleva mucho tiempo queriendo domesticarlos. Hacerlos a su imagen y semejanza. El humano cree que es el centro del universo y por suerte, no es así.

Creo que el humano quiere domesticarlos porque tiene miedo. Si algo nos da miedo, lo más fácil es aplacarlo, destruirlo. Eso pasa con los árboles, los animales, la naturaleza, con casi todo lo que es «diferente».

Por suerte, por todo el mundo, nos comenta Isabel, hay grupos de personas, asociaciones en pro de la protección de nuestros árboles, ya que ellos no se pueden proteger a sí mismos.

La Asociación que dirige Isabel se llama Biotopnatura. Es un espacio que lucha por los derechos de la naturaleza, de los animales y las plantas. Es un lugar de encuentro, de talleres, de concienciación de nuestro entorno.

Biotopnatura

Quieren recoger más de 50.000 firmas y presentarlas al Parlament, igual que ha hecho Francia, nuestro país vecino en territorio arbóreo, para que se cree una ley que proteja la salud y bienestar de los árboles y por ende, a los humanos, ya que sin nuestros árboles, la vida sería inviable.

Isabel nos comenta que el botánico Francis Hallé, padre de los derechos de los árboles, les felicitó personalmente por el trabajo tan importante que están desarrollando.

Son las 14 h. El tiempo se ha pasado volando. Los amigos humanos de Isabel y a partir de ahora de los seis abetos, ocho pinos, cuatro robles, cinco cedros y siete secuoyas, volvemos a casa con una sonrisa en el rostro pero también con cierta preocupación porque les debemos respeto y protección.

Tan cercanos y tan desconocidos

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