Suerte de los auriculares

Lucas tenía programada para hoy, día de su cumpleaños, una resonancia magnética en el hospital de referencia. En la última analítica que le hicieron en el ambulatorio, uno de los índices salió un poco alterado y la doctora que lo lleva, le recomendó que sería bueno hacer en primer lugar una ecografía y dependiendo del resultado, una resonancia para verlo todo con más claridad. De esta forma, dependiendo del resultado, se haría un tipo de tratamiento u otro.

Para llegar con tiempo, ya que no le gusta ir con la lengua afuera, salió de casa a una hora prudente. Mientras se dirigía al hospital, cuatro cosas le pasaron por la cabeza y ninguna de ellas tenía que ver con la prueba. De eso, ya se encargarán de decírselo cuando lo llamen para la próxima visita que, probablemente, será en breve.

Justo a tiempo. Aparcó la moto en el recinto que está frente al hospital. Antes de salir de casa, se repitió tres o cuatro veces: —sobre todo, no te olvides la mascarilla. Por suerte, se acordó. Entró en el hall y de un vistazo localizó la oficina de información.

—Hola. Me citaron para hacerme una resonancia magnética.
—Por aquella puerta de allí, baje las escaleras y vaya hasta la oficina de información.
—Gracias.

A Lucas no le gusta nada llevar la mascarilla. Se ahoga. Se pone nervioso y encima se le empañan las gafas, pero es lo que hay. No puede luchar contra el sistema. No sabe hasta cuándo obligarán llevarla en estos sitios.

—Hola. Mi nombre es Ernesto. Quítate toda la ropa menos los calzoncillos y los calcetines. Las gafas también.
—¿Tienes incrustado algo metálico en el cuerpo?
—Diría que no.
—¡Ah! Y ponte este camisón de papel.

¡Cómo ha cambiado el cuento desde entonces! Antes, te daban un camisón feo, de color blanco, gris o descolorido. Ahora, también es feo, pero de usar y tirar. Lucas estuvo a punto de llevárselo a casa. Así ya no tendría que pensar en el disfraz de Halloween. Iría de paciente de resonancia.

—¿Cuánto dura la prueba? Le preguntó Lucas a Ernesto.
—Más o menos unos veinte minutos. Le respondió. Ponte estos auriculares porque la máquina hace un ruido infernal.

Suerte de los auriculares, pensó Lucas. Si no se los llegan a dar, le revientan los tímpanos.

—Por #diosbenditosanto. ¡Y eso que llevo puestos los auriculares!

La prueba fue genial. En quince minutos estaba listo. Entró Ernesto para avisarle de que ya se podía levantar, vestirse y tocar el dos. Que ya le avisarían para la visita en el hospital de referencia al que irá caminando como la vez anterior. —Dos pájaros de un tiro. Pensó para sí, Lucas.

Mientras volvía para casa, en moto, pensó: «suerte de los auriculares».

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