Se me cayó el bolígrafo

Hace dos semanas, Lucas se enteró de que su grupo de moteros montaba una salida interesante para el 15 de julio. Por razones que no te puedo desvelar, de momento, se apuntó al instante. La fecha límite para inscribirse a la lista era el viernes.

Desde su pueblo salían tres pilotos.

Aun sabiendo que dormiría poco en la madrugada del viernes al sábado, se puso tres alarmas a cuatro metros de distancia una de la otra. Cada despertador sonaría con treinta segundos de delayed para no dormirse. Pensó que si no se enteraba de la primera, oiría la segunda o la tercera. La cuestión era levantarse.

No hizo falta tanto despliegue vespertino. Antes de la primera alarma se levantó de la cama de un salto.

—Una buena taza de café me irá bien para ubicarme en el mundo, —pensó para sí—.

A las 7:45 se presentó en el punto de encuentro. Los otros pilotos ya estaban calentando motores. Tenían una jornada repleta de curvas, aventuras, comida y muchísimo calor. Suerte que «la sarna con gusto no pica», dicen los entendidos en ilusiones.

Let’s go, dijo el «lenguas».

Primer tramo: Sant Pol de Mar – Vallgorguina – Sant Celoni. Parada en la estación y primera ingesta. Bocadillo pequeño de queso y un Vichy. A esa hora ya empezaba a apretar. Tertulia entre amigos mientras iban apareciendo los otros.

Ese día solo eran seis humanos para una ruta que se antojaba interesante. Lástima del calor.

—¿Nos vamos antes de que apriete más? —Comentó uno de ellos—.

Segundo tramo: Sant Celoni – Campins – Santa Fe del Montseny dirección Viladrau – Sant Hilari Sacalm. Parada para repostar y comprar agua. Ossor – Anglès – Amer. Habíamos quedado con Neus en el bar. Ella se ahorraría la calda, apareciendo en su lata de cuatro ruedas, más fresca que unas pascuas.

Bocata de tortilla con un pan de coca de la muerte, una clara, un polo de maracuyá y café con hielo. Dicen que es mejor no conducir con el buche lleno, pero nos quedaban bastantes kilómetros por delante.

Tercer tramo: desde Amer a Sant Esteve d’en Bas – Rupit – L’Esquirol – Sant Boi de Lluçanès.

Después de Sant Boi, Lucas cree recordar que hubo un cambio de ruta. Como siempre llega tarde a los puntos de control, no supo si este cambio era por su tortuguez o por el calor.

En vez de seguir desde Sant Boi hacia Borredà, Sant Jaume de Frontanyà, Gombrèn y Ripoll, decidieron ir al último pueblo pasando por Les Lloses, una carretera bastante revirada, pero muy poco transitada. Menos mal.

Parada para ingerir la tercera dosis de carburante para el cuerpo. Bocatas como si no hubiera un mañana, mucha bebida y café con hielo.

En este punto kilométrico, el grupo de seis se despediría hasta la próxima ya que, haciendo el mismo recorrido durante un buen rato, en un momento se desviarían. Cuatro por allí y dos por aquí.

Lucas y el «lenguas», de regreso a casa, transitaron un rato por una autovía cargada de latas, hasta que se desviaron hacia Seva, Collformic, Sant Esteve de Palautordera y una vez en la otra nacional, tomaron el desvío hacia Sant Celoni – Vallgorguina y Arenys de Mar.

Como que Diego conduce muy rápido, para no perder la costumbre, se distanció de Lucas en pocos metros. Cada uno, a su ritmo, volvieron a casa a una hora prudente.

Al ser sábado, Lucas tenía un cierto margen. Hasta las diez de la noche no entraría a currar, así que tuvo tiempo de ducharse con agua bien fría, leer un rato y dormir, tal vez, veinte minutos.

Un zumo de naranja, un kiwi, más naranja y una nectarina que llevaba una semana dando vueltas por la nevera, fue su única cena.

A las 21:15 h, con un sueño mega-soporífero, cogió la bolsa y se fue a currar.

Las dos primeras horas, las pasó con bastante dignidad. El problema apareció justo cuando tenía que concentrarse para montar los cuadrantes de la semana. Se le mezclaban los nombres y los servicios. En un momento dado, escuchó un ruidito como muy distante. Una especie de clinc, clinc, piticlinc.

Una expresión de sorpresa le salió del fondo de la garganta: —ups, se me cayó el bolígrafo.

No sabía cómo pasó ni de qué forma. Lo que sí tiene presente es que estaba escribiendo y de repente se le cayó el boli porque se quedó frito. Cerró los ojos durante uno o dos minutos a lo sumo, pero lo suficiente para darse cuenta de que había desaparecido el mundo. Incluso tiene un vago recuerdo de que soñó algo.

Tuvo que bajar a despejarse al patio. Suerte que corría una brisa que parecía venir de la montaña. A las cuatro de la madrugada, se despediría de Bermejo. —Que tengas un buen servicio, —le dijo con dos palillos en las pestañas—.

La vuelta iba a ser complicada. Solo le separan diecinueve minutos de su casa que se le hicieron interminables.

Normalmente, cuando llega a su casa los sábados de madrugada, casi antes de quitarse los zapatos, saluda a sus dos gatos, les hace cuatro carantoñas, se lava las manos y enciende la lámpara del pasillo.

Alguna fruta y a dormir.

El domingo tenía otro evento y no podía faltar a la cita. Comida entre amigos y familia en casa de JM. Suerte del airecito tan agradable que hacía, si no más de uno se habría desmayado.

1 comentario en “Se me cayó el bolígrafo”

  1. Este grupo de moteros me recuerda algo en lo que estoy trabajando actualmente en un taller de terapia: fraternidad!
    Suena super vuestra salida!

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