¿A cuánto va la hora?

Ayer tocaba limpieza de cajones. Uno no sabe que tiene «aquello» hasta que abre un cajón y lo ve allí, guardado en una cajita verde, desde hace ya ni se sabe.

Lucas tenía en el segundo cajón de su escritorio americano, una cajita cuadrada de color verde mate, fruto de algún regalo que le debió hacer un humano en un tiempo remoto.

Del regalo ni se acuerda, pero la cajita verde debió hacerle gracia y no la tiró.

En su interior, el tiempo se había detenido hace muchos años. Es probable que coincidiera con la muerte de alguna pila o simplemente porque dejó de darle cuerda a los contadores de tiempo analógicos que allí descansaban.

Seis relojes de diferentes épocas y estilos, amontonados pero no revueltos, permanecían dormidos en la cajita hasta que a Lucas le dio por chafardear qué diantre había en su interior.

Cuatro relojes: un Omega de bolsillo de finales del siglo XIX, un Chronomètre Romeo, dos Thais de los años 50 formaban parte del grupo de cuerda, un Radiant Kinetic, automático y de la época moderna (los de pilas), un ejemplar de edición limitada, Roberto Torretta, que por lo que vio en internet costaba más la pila que el propio reloj, pero mola. Tiene los números tan grandes que se puede consultar la hora sin ponerse las gafas.

Guardado como oro en paño, tenía un ejemplar de sobremesa, de los que pesan un kilo, que su padre daba cuerda todos los domingos por la tarde, después de la retransmisión del partido de fútbol que emitían por la radio. Se trata de un Cortébert que, según un conocido relojero de Lucas, estaría rondando los quinientos euros más o menos, por la curiosidad del segundero.

Lucas no hubiera llegado a pensar nunca lo que cuesta un segundo. Sin esas agujas —dijo el relojero—, el reloj sería chatarra.

Como no tenía mucho trabajo esa tarde, dedicó invertir unas tres horas en buscar por internet alguna pista del Omega, del Cortébert y ya puestos, del Radiant Kinetic.

Para verificar sus investigaciones, a la mañana siguiente tenía programado ir a ver a su contacto. Con los relojes en la mano podía calibrar mucho mejor la información que le dio por teléfono y así saber a cuánto va la hora.

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