Procesionarias

¡Cómo un bicho tan feo y desagradable puede activar una conversación amena y distendida en un camino, en plena naturaleza y alejado del ajetreo diario!

Domingo. Una y pico de la tarde. Hoy tocaba salir con la bici. Cabía la posibilidad de mojarse, pero por suerte, el tiempo se ha portado bien con Lucas. No las tenía todas. El cielo estaba más negro que el carbón que le habrán traído a más de uno, estas fiestas.

Hace días que se lo toma con calma. Subirá hasta donde pueda. Como una letanía, se repite en silencio, mientras pedalea. Pero subió y llegó. Los pulmones iban apareciendo, de tanto en tanto, entre los botones de la camisa imaginaria y la lengua.

Un esfuerzo más y llegas. Va, hombre. Tú puedes.

Por el camino que pasa pegado a las cuadras del club, se encontró a una familia con perro incluido. De paseo. Fantástico. Los cinco se cruzaron en un punto del camino.

—Bona tarda. Saludo con levantamiento de mano incluido.
—Bona tarda, respondió primero la madre y la hija. Más arriba, el padre, protegiendo al perro, respondió con un «bona tarda» también.

Lucas no estaba seguro de si llegaría a la cima, la que tiempo atrás bautizó como su cima. Cuatro o cinco paradas fueron suficientes para conseguir el objetivo.

Foto de rigor para anunciarle a Larry que ha coronado la cima. Que tampoco se flipe. Que la cima no es para tanto, pero ahí está.

De bajada, todo es más fácil. Y tanto. Como una flecha, Lucas se deslizaba por el mismo sendero por el que, un trozo atrás, sacaba pulmones, sudor e improperios por esa boca que usa, además, para comunicarse con sus semejantes.

Casualidad.

Se volvió a cruzar con la familia. Madre, hija, padre y perro. ¡Ey, bona tarda!

A trescientos metros del cruce familiar, Lucas se detuvo de golpe. Algo del suelo le llamó profundamente la atención. Era una línea de procesionarias. Esos bichos que no sabemos a ciencia cierta por qué vinieron al mundo, aparte de para generar reacciones bastante horrorosas en perros y gatos. Parece ser que esos pelillos que tienen en su diminuto cuerpo, reaccionan muy «malamente» con nuestra piel y la de nuestras mascotas.

Lucas es un romántico. Se dio la vuelta y retrocedió unos metros del camino para encontrarse de nuevo con la familia y el perro.

—Hola (Lucas).
—Hola (familia).
—Vigileu. A uns tres-cents metres, he trobat una fila de processionària. Us ho dic pel gos (Lucas).
—Moltes gràcies (familia).

No creo que haga falta hacer una traducción, pero por si acaso, lo haré con la tercera línea: «Vigilad. A unos trescientos metros, he encontrado una fila de procesionaria. Os lo digo por el perro».

En ese momento se inició una conversación amena y distendida. Lucas se enteró de que la familia con perro también viven en el mismo pueblo. Cerca de su casa.

Han bajado juntos un buen trozo del camino, hasta encontrarse con esos bichos. Después, Lucas se despediría amablemente de la familia con perro incluido, porque empezaba a coger frío.

Lilo, el perro, le ladra a todo humano que lleve una gorra o un casco. Es lo que le comentó el padre de la familia con perro incluido.

—Avanço, que em refredo. —Que tingueu molt bona tarda (Lucas).
—Igualment a tu (familia).

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