Por la ventana

Esperamos con ansias las famosas comilonas de Navidad con los nuestros, con la familia más allegada o los amigos más íntimos.

Uno de los ingredientes estrella más importante que no puede faltar en una buena mesa de Navidad, de fiesta, de momentos de cariño compartido con los tuyos y que, además, es de un valor incalculable es el bicarbonato. Los más sensibles a ciertos medicamentos, se ceban con la sal de frutas Eno y los más arriesgados con el Almax.

Que sirva esta intro como intro para ubicarnos en el espacio-tiempo, porque después no tendremos ni tiempo ni espacio para contar otras anécdotas.

Pedro, por su cuenta y riesgo le comentó a Eva, Lucas y Petra, que se encargaría del segundo plato: «galtes de porc» con salsa de chocolate. Sabe perfectamente que no tiene medida. Ya lo comentaba ayer cuando nos despedíamos.

—Es que cuando me pongo, no me doy cuenta y me lio a echar trozos dentro de la megaperola y no puedo parar…

Encima, el tío va y dice que mañana no vendrá. ¡Será posible! Aquí hay manduca para rato. Tampoco somos tantos y diría que podríamos dar de comer a todo un ejército; amigos, allegados e incluso enemigos, podrían comer galtes durante una semana. ¡Por diossss! Y ten en cuenta que de primero hay sopa de galets con todo el kit: la verdura, la pelota, el apio, zanahorias, col, tocino, etc.

Lucas, que tiene una nevera discreta, de soltero, de esas que el congelador está arriba y en el que solo caben dos fiambreras, tres trozos de pan en una bolsa pequeña y quizás un pote de helado de lado, pensó, a las doce de la noche, cómo coño iba a meter tanta galta.

Debía preservarlas hasta el día 26, Sant Esteve. No podía dejar la carne fuera de la nevera porque hubiera cometido un asesinato culinario. Además, su cuñado le amenazó con que si no guardaba la carne en el frigorífico, se la iba a comer su puta madre.

Lucas hizo espacio en su nevera. «Esto aquí; esto arriba; esto… esto lo puedo tirar. Ole, ole. Me ha cabido todo. Menos mal».

Esta mañana, Eva, le dejó un mensaje en el whats: «Recuerda que mi cocina no es muy grande. Así que tendrás que traspasar el contenido de la megaperola a perolillas más pequeñas, porque si no, no sé cómo coño voy a calentar las galtas».

Lucas, que es mu apañao, se acordó de las cazuelas heredadas de mamá y pudo meter toda la manduca en dos perolillas. —Eva, lo he conseguido. Prueba superada.

Ahora tocaba la parte más delicada de la operación. Lavar la megaperola en una mini pica.

Suerte que la ventana de la cocina está muy cerquita de la pica. Lucas quitó las ocho piezas de graven de su ventana para poder maniobrar la megaperola mientras la iba girando para sacarle el jabón. Media perola dentro y media colgada de la ventana.

Para secarla, en vez de usar el escurreplatos, ha tenido que coger una toalla de baño, de las grandes. La ha extendido por encima de los fogones y del mármol de la derecha. —Creo que con esa superficie libre tendré suficiente espacio para secar este armatoste.

—Y encima, el tío no vendrá mañana… Cagüentoo…

Mientras recogía tres vasos de cristal que, desafortunadamente, se golpearon con la tapa (45 centímetros de diámetro) de la megaperola y que fueron a parar al suelo, con el sorprendente resultado de trece mil trozos para barrer, Eva, le envió un mensaje de whats: —Pedro y Vilma vienen mañana.

Lucas no sabía qué hacer mientras recogía los trozos de cristal antes de que sus dos gatos invadieran territorio peligroso con sus patitas.

—¿Rebobino todo lo hecho hasta ahora y vuelvo a colocar las galtes en la megaperola o, como dijo Eva, mejor dejarlo en las mini perolas para calentarlas por etapas? Total, el espacio que le queda es el mismo.

Después de tanta movida, tres bajas, 8 graven desmontados, unos cuantos cristales por debajo de la nevera, dos gritos a sus gatos para que no se pasearan por la cocina y media megaperola colgada fuera de la ventana, va el tío y dice que mañana vendrá. —¡Por diossss!

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