Póngame dos, plis

Te apetece comer en un restaurante de carretera. Te dijeron que si veías muchos camiones, estabas en el lugar adecuado. Aún así, parece ser que esto es una leyenda urbana. Si hay muchos camiones, cabe la posibilidad de que no sea la comida el motivo, sino que tienen un gran aparcamiento para todos ellos. Pero, volvamos a la historia. Entras. Preguntas si os darían de comer a ti y a tu acompañante. Lleváis muchos kilómetros encima y os apetece tomar un refrigerio.

—Si se esperan en la barra cinco minutos, les preparo aquella mesa de allí. Han pedido los cafés y la cuenta. ¿Les parece bien?

Lo hablas con tu acompañante y te dice que no hay inconveniente. Así que, mientras esperáis a que os preparen la mesa, pedís una cerveza, un vermut negro y unas olivas machacadas.

Tienes tanta sed (en el termómetro del automóvil marca 38 grados en el exterior), que te bebes la cerveza de un tirón. El vermout de tu acompañante, al llevar tres hielos, está riquísimo. Así que se lo toma con calma.

—Cuando pueda, ¿podría ponerme otra cerveza de presión bien fría?
—Es Mao. ¿Le va bien?
—Ningún problema.

No sé si te ha pasado alguna vez, a mí me sucede mucho, que la primera cerveza sabe a gloria bendita. La segunda parece que hasta te cueste acabarla. A tu acompañante le queda menos de un dedo de vermut y mucho hielo aún. El dueño del local te hace una seña desde la esquina del comedor. —Psss. Ya pueden tomar asiento.

Te diriges hacia la mesa y mientras caminas, vas mirando con cierto disimulo, lo que está comiendo el resto de los comensales.

—Esto tiene muy buena pinta. Creo que lo pediré… Ostras, pero eso de ahí, también. Con el hambre que llevo encima, igual pido dos en vez de uno. Ya se me está haciendo la boca agua. Tu acompañante no se acaba de decidir. No sabe si se comería esa butifarra con judías o con patatas fritas. Tiene problemas de digestión. —Si la pides tú, igual te ayudo, porque no creo que me la coma toda.

—Jolines. Yo quería almejas en salsa. ¿Has visto qué pinta tienen? No sé si me sentará bien la butifarra con las almejas. Siempre queda la posibilidad del carbón activado que llevo en la maleta, por si acaso.

Las almejas estaban de muerte. Psicológicamente, haces un poco de sitio en la tripa y te pides una segunda ración. Ahora te cuesta un poco más, como pasó en la barra con la cerveza, pero te las comes. No te gusta desperdiciar la comida.

—Mmmmm. ¡Pero qué buenas que están las jodidas! No tienen nada de arena. Así da gusto. Creo que el próximo día volveré a pedir almejas en su jugo.

Póngame dos, plis

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