Un toque de pintura

Un poco mareado sí que estoy. A las diez de la mañana han venido, por fin, los pintores que debían haber llegado a las nueve, pero nunca es tarde si la brocha es buena. De todas formas, tengo la cabeza embotada por el olor a los vapores de la pintura plástica.

Hace un par de meses contacté con el dueño del piso de encima mío porque en los techos de la cocina y el baño había musgo y dos pulpos de tanta humedad que tenían.

Después de unos «tira y afloja» muy típico de las compañías de seguros, conseguí que se hiciesen cargo del desaguisado.

El dueño, un señor mayor muy amable, me preguntó si estaría hoy en casa, día 27, porque vendrían dos operarios a pintar. Le comenté que sí, por supuesto. Y ahí andan con las brochas, los calentadores, los plásticos que lo tapan todo y el suelo hecho un cristo; creo que hay pintura hasta dentro de la nevera. Espero que cuando se marchen, lo dejen todo «bonico» porque sino, tendré que hacer de «marujo» esta tarde antes de irme a trabajar.

Tenía pis, mucho pis y le he comentado a uno de los pintores que, por cierto, no pinta nada, que me acercaría al baño. La situación era bastante crítica.

Cuando he entrado en lo que, hasta ayer, era la cocina, uno pintaba y el otro estaba liado con el whatsapp. Cabe la posibilidad de que se turnen para no cansarse los brazos, ya que pintar el techo desgasta bastante. Lo sé por propia experiencia.

Me han dicho que ya estaban acabando. Eso espero porque tengo un hambre de lobo y además me quedará un rato de la tarde para dejar mi casa como un quirófano antes de una operación «a cor obert».

Por un lado, me sabe mal que lo hayan pintado, ya me había familiarizado con el musgo y los dos pulpos que vivían en la esquina del techo, encima de la puerta que da a la galería. Los encontraré a faltar. Los pulpos han vuelto a su hábitat. Esta mañana, a primera hora, los metí en un cubo con agua y un poco de musgo para llevarlos al mar otra vez. Tengo la playa a siete minutos de casa y no he tenido que darle explicaciones a ningún vecino chafardero por si metía la nariz en el cubo.

Al estar viviendo en cautiverio, igual no se hacen con la extensión de los mares y algún día deciden volver a instalarse en el techo de otra casa. No lo sabré nunca porque se me olvidó pedirles su whats.

Con el techo nuevo y recién pintado quizás tenga que darle una repasada al resto de la casa para que todo luzca bonito.

Oigo pasos. Creo que están recogiendo. Por fin podré comerme la lasaña que había sacado del congelador ayer por la noche.

Te dejo. Me voy a comer.

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