Obras son amores y no buenas razones

Hacer obras de cualquier dimensión, mientras se vive en la propia casa, puede llegar a ser una locura. Eso es lo que Lucas va a sufrir durante unos días.

No quiero imaginar cómo se sentirán sus gatos con tanta radial, percutores, polvo, mucho polvo y escobas arriba y abajo. Suerte que el tipo tiene bastante paciencia porque toda esta monserga empezó hace más de un año.

Cocinar con aromas de Montserrat, con caída libre de partículas inclasificables, que bajan en suspensión hasta la sartén o la cazuela, tiene su qué.

Se ha acostumbrado tanto a esta forma de operar que cuando esté todo arreglado, igual lo echa en falta.

Un amigo suyo le dijo que no se puede vivir así. La insalubridad es espantosa, pero es lo que hay. O te trasladas a un piso nuevo de trinca, que tampoco te da todas las garantías, si no pregúntaselo a su hermana, a un hotel o apartamento, o escoges esa opción tan barata como es comprar dos docenas de mascarillas anti-polvo.

Y hablando de polvo, a Lucas no se le ocurriría por nada del mundo invitar a una señorita a su casa. ¿Y si es alérgica a los hongos que, hasta hace una hora, vivían en el techo? ¿Te lo imaginas aclarando la situación en urgencias? ¿Cómo le explicas al médico que lo único que tenías en mente era invitarla a tomar un gazpacho?

El equipo de primeros auxilios que está destrozando el techo de la vecina, ha dejado de tocar los huevos en casa de Lucas hace, exactamente, treinta minutos. Dicen que mañana, sobre las ocho, volverán al ataque.

Pues no. Resulta que han cambiado de parecer. El tubo de plomo del segundo primera se resistía y el técnico ha decidido bajar a golpear un rato más el pobre techo maltrecho.

Casi que mejor. Así todo este desaguisado se arreglará antes. Esperemos.

El técnico está esperando a que llegue el jefe con un tubo nuevo de PVC o PVL o yo que sé. El de plomo lo tendrán que tirar a la «deixalleria». Está más agujereado que un queso de Gruyère.

A Lucas se le habían agotado los tuppers para recoger el agua bendita del techo.

Quizás, cuando la obra se acabe, pondrá un todo a cien frente a su puerta para vender o regalar los recipientes. Aunque bien mirado, creo que será mucho mejor tirarlos porque, la verdad, yo no me atrevería a meter ni siquiera clavos. La base de los tuppers tiene un color característico, como te diría, marroncillo, así como color a mierda, que echa para atrás.

Decidido. Los tirará todos a tomar por saco, no sea que algún comprador de tuppers se queje después o tenga que ir a urgencias y se encuentre con la señorita de turno.

El dicho «obras son amores», en este post, queda como anillo al dedo. Lo están haciendo todo con amor. Un poco de enchufe no va nada mal, sobre todo porque las obras no iban a empezar hasta después del verano.

De las «buenas razones» no hablaré porque preferimos que no nos suba la temperatura corporal.

Pues… como decía antes, han cambiado de opinión y vuelven a las andadas. El percutor que no falte. Parece que le estén taladrando la nuca.

¡¡¡Por dios bendito!!!

Este domingo que viene, Lucas celebra un evento en su casa. Seis humanos se sentarán en cuatro sillas y dos taburetes para celebrar el cumple de otro. No el suyo, no. El de un amigo de Lucas. Parece ser que la casa de Lolo no es lo suficientemente espaciosa para que entre tanta gente.

Lo que no saben esos humanos es que tendrán que convivir con polvos mágicos y burundanga casera. De momento, Lucas, ya se ha puesto cachondo con las obras.

¡¡¡Joer, la que le espera este finde!!!

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