Mosquitas que pican (segunda parte)

En julio del 2020, en mi otro blog, escribí un relato relacionado con los mosquitos que pican. Lo he rescatado del baúl y os lo dejo aquí, para que lo disfrutéis.

Hace aproximadamente una semana, me compré una lámpara para asesinar mosquitos. De esas máquinas con fluorescentes que se parecen más a las de tomar el sol.

Ya estaba harto de rascarme. Parece ser que tengo la sangre muy revolucionada, que es lo que más les gusta a las mosquitas, sí, sí, nenas. Encima son hembras. Tengo más suerte con las mosquitas que con las mujeres…

Cuando estás tranquilo, en tu casa, disfrutando de la lectura, del trabajo, escuchando música o simplemente haciendo el «ganso», vienen, te miran a los ojos y te dicen, cerca del oído: te vamos a picar, sí o sí… y las cabronas te pican.

Se pasean por delante de la máquina infernal, en vuelo rasante, como si se tratara de aviones de acrobacia, con gafas de sol como los pilotos de combate. Igual se creen que son máquinas para tomar el sol.

Hace un rato, mientras escribía este relato, una mosquita se ha acercado mucho a mí y me ha dicho en voz baja: —qué… ¿te ha gustado la dedicatoria que he dejado en tu brazo?

Cuatro picadas seguidas. Cada dos centímetros aproximadamente. Que hijas de p…

En fin, no sé si comprarme también unas gafas de sol y ponerme frente a los fluorescentes. Igual cojo un poco de bronceado que buena falta me hace.

Julio de 2020, Sant Pol de Mar

Segunda parte

¿Por qué se me ha ocurrido empezar el relato con el escrito de julio? Quizzzás para poneros en situación.

Ese zzzumbido horrible que producen estas cabronas, me pone frenético.

Parecen esos aviones invisibles al radar. Están ahí pero no los ves. Y cuando las quieres pillar para que pasen a mejor vida, realizan una maniobra de evasión como si fuesen un F18 y desaparecen de tu espacio aéreo, ese que, supuestamente, está reservado para ti y los tuyos, y no para esas bestias inmundas que lo único que hacen es dar por el saco.

Llevo días rascándome otra vez por culpa de las nenas y seguramente, por culpa de las temperaturas de septiembre.

El tiempo está tan chalado como yo.

Un ejemplo de mi chaladura:

El miércoles, a las nueve de la mañana, tenía que venir a casa el señor de las mudanzas, a traer un sofá monísimo que me pasó mi hermana. Para no perder la costumbre, no se me ocurrió tomar medidas para saber si entraría bien por la puerta de entrada.

Sorpresa.

Por dos centímetros no pasaba. Así que la teoría de que el tamaño importa, aquí se cumple al 100%.

Envié un mensaje de voz a mis vecinos (tenemos un grupo para estar informados de cualquier eventualidad) diciéndoles lo siguiente (esto es una transcripción):

Buenos días vecinos. Os vais a encontrar un sofá en el rellano de mi puerta, vale, que me lo han traído, herencia de mi hermana y… no cabe. No pasa por la puerta. Y tengo que pensar cómo lo voy a meter. Lo digo porque lo voy a apoyar en mi pared. Ya sé que mañana vienen a limpiar, pero… bueno, si le quieren pasar el polvo y… a ver qué podemos hacer con este sofá…

Tengo dos opciones: Pegarle fuego, pero es una putada porque entonces se quemaría la escalera o desmontarlo. Así que, si no os importa, estará por lo menos, dos días en el rellano. No me entra en casa y tengo que saber cómo coño meterlo. Os lo quería decir porque no es un trasto viejo. Es un sofá que quiero para mí. Así que, cualquier cosa, hablen con mi secretaria o con mis abogados. Muchas gracias.

Buenas tardes vecinos. Mañana vendrá un especialista, un jívaro especialista en reducción de cabezas, para ver qué coño podemos hacer con el sofá. Así que, rogaría con todo mi cariño que no nos pongamos nerviosos con el sofá. ¡Hostia! Lo podía haber medido antes, pero no se me ocurrió. Pensaba que entraría. Dicen que con vaselina entra, pero… necesitaría mucha. Bueno, pues, cualquier cosa, me lo decís, porfa. Gracias.

Buenas tardes vecinos. Como que tengo enlace directo con las altas esferas de la Amazonia, de la parte derecha, subiendo hacia Argentina, ha venido un brujo-gurú jívaro, que conozco de mis largos viajes por el mundo, y me ha hecho un gran favor. Hemos encogido el sofá a tamaño «terrón de azúcar» y luego, con unas gotas mágicas, le ha dado… pam… se ha vuelto a su formato de sofá.

Me he quedado flipado. Digo: —¡Wala, qué pasada, lo que hacen unas gotas mágicas!
Le he preguntado qué era y me ha dicho que era una mezcla entre ayahuasca y peyote, pero que no me lo puede dar porque dice que es muy peligroso. Total, que ya tengo el sofá dentro de casa, montado y agradezco a todo el vecindario la inestimable confianza depositada en… el loco del primero primera.

Muchas gracias todos y feliz navidad.

Hola vecinos. Soy yo otra vez. Bueno, subiendo por la parte izquierda, en verdad porque… en la parte derecha sería Brasil. Lo que pasa es que yo siempre lo miro desde arriba y nunca me aclaro (igual es la mezcla de gotas)… si está a la derecha o la izquierda. Pero bueno, eso es lo de menos…

Diría que esa botellita que se dejó Yarupe Yinuheso, no me la debí haber tomado con el café…

Un momento. Voy a por el flis. He visto una revoloteando por aquí cerca y vamos a intercambiar unas palabras.

Nada. No hay manera.

Se ha dado a la fuga como uno que yo me sé… Tengo entendido que está en un país de esos con arenas y burcas…

En fin (esta expresión la utilizo mucho por tres motivos: A, B y C).

Lo dicho. Voy a buscar la escopeta de cazzza para cargarme unas cuantas mosquitas que pican.

Mosquitas que pican (segunda parte)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Scroll hacia arriba