Madre y perro

Durante poco más de 4 días, hemos compartido una pequeña parcela de hierba fresca, en un camping del Valle de Aran, David y yo.

La idea inicial era pasar unos días, desconectados del ajetreo diario, para disfrutar de la naturaleza, el descanso, las subidas a pata, el aire fresco y el placer de conducir en moto.

La semana pasada, todos nuestros pensamientos quedaron desgarrados, por la pérdida de un ser querido, pero aún así, la salida seguía en pie, y más aún, para brindar por él en las alturas.

Cabía la posibilidad de abortarla por un nuevo trabajo que, por suerte, no ha desmontado demasiado las fechas del evento.

Puedo hablar en nombre de los dos y deciros que el pensamiento común con mayor peso ha sido hablar y recordar a nuestro familiar.

En mi caso particular, ese pensamiento se ha adueñado por completo de mi cabeza y no he sido capaz de pensar en otra cosa. Hasta el punto de que ahora todo me parece mucho más frágil que hace una semana.

Espero que pueda combatirlo, pero se ha apoderado de mí un miedo que hasta no hace mucho estaba por ahí, escondido, pero con menos poder.

Mi amigo David, siempre con sus buenas reflexiones, me comentaba esta mañana, que eso lo he de lidiar yo solo. Si no lo supero, puedo llegar a perderme en el abismo de los infortunios.

Es mi responsabilidad no perderme y a partir de ahora, tengo un trabajo muy importante que desarrollar.

Un evento que hicimos ayer y que me gustó mucho, a pesar de que el clima no nos ha acompañado mucho estos días, fue ir a ver una piedra. No una piedra cualquiera. Una que resaltaba más que las de su alrededor.

Bajo esta señal, en medio de un hermoso prado, descansan algunas de las cenizas de mi madre y Manu, el Golden que tuvieron mi hermana y David durante un montón de años.

Es el lugar ideal para permanecer en silencio, alejado del ajetreo diario, pero esta vez, para mucho tiempo.

Madre y perro

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