Historia sórdida en un supermercado

—Espero que antes de organizarme la agenda, podrías haber preguntado si este verano tenía algún plan. Veo que ya das por hecho que siempre estoy disponible.

Pablo, el segundo de los hermanos, casi nunca hacía planes para verano. De hecho, casi nunca hacía planes para nada. Así que su hermano mayor le encasquetó los cuidados de su madre para el mes de agosto.

Eusebio, el mayor y Gerardo, el pequeño, con la excusa de llevar a sus hijos de vacaciones, hacían lo posible para librarse de cuidar a su madre en el mes estrella.

Como era costumbre en él y para no enfadarse con nadie, Pablo tuvo que cambiar un viaje que había montado la última semana de julio y que coincidía justo los días que le tocaba vigilar a su madre. Irene hacía seis años que tenía Alzheimer y últimamente ya no sabía dónde tenía la cabeza.

—Que sea la última vez. La próxima os buscáis la vida. Me tenéis hasta los huevos. Yo también tengo vida propia.

Pablo vive la mayor parte del año en un pueblecito de la costa catalana y el resto lo dedica a viajar por ahí. Es un apasionado de la fotografía urbana. Le encanta congelar aquella instantánea justo en el momento exacto.

Sabía perfectamente que en Coslada se aburriría como una ostra, pero hay momentos en la vida que no se pueden evitar y uno de ellos es cuidar a quien te cuidó, por más bronca que dé. Así que el 2 de agosto subió al AVE con su mochila de viaje, su cámara Nikon y su diario en el que escribía con lápiz de punta dura, cualquier pensamiento, idea o simplemente un suceso que le llamara la atención.

Llegó, como ya hizo dos años atrás, tarde. Le gusta dar un rodeo, cuanto más largo mejor, antes de entrar en casa de sus padres. No le gustan los recuerdos que le vienen a oleadas cada vez que mete la llave en aquella cerradura. Su adolescencia no fue nada fácil y volver siempre le ha causado un gran sacrificio.

Al tercer día de permanecer entre aquellas paredes, decidió salir a tomar aire fresco. El olor a antiguo de la casa le producía dolor de cabeza. Necesitaba un cambio de perspectiva lo antes posible.

Sin rumbo fijo, anduvo por aquella ciudad desestructurada hasta que se topó con un lugar que le sugería interesantes escenarios para tomar el tipo de fotografía que le fascinaba.

Un conjunto de edificios decrépitos, semi abandonados, un punto siniestros que parecía que le estaban invitando a entrar.

Unas galerías que, tal vez en años pretéritos, tuvieron mucha vida. La crisis no atacó a todos por igual, pero el hecho de la masificación de centros comerciales en zonas casi despobladas, tenía todos los puntos de acabar así.

Tres boutiques de ropa, un cochecito de bomberos sin vida frente a la puerta de una cafetería, ocho locales seguidos cerrados a cal y canto. Alguno que prometía una inauguración inminente, tenía el aspecto de abandono en todos sus rincones.

Pablo se cruzó dos veces con el mismo guardia de seguridad. Un tipo nada atlético, gordinflón, de esos que si hay un altercado, prefiere mirar a otro lado antes que salir a la carrera persiguiendo a un maleante.

La segunda vez que se lo encontró, fue en la planta baja de las galerías. En esta zona el horizonte era mucho más desolador que arriba. Dos badulaques y un videoclub quedaban a su izquierda. Justo enfrente, un estanque sin agua y cuatro plantas de plástico -por suerte- decoraban aquel territorio. A la derecha se encontraban los baños.

—Como tenga pis, no entro ni reviente, —pensó para sí.

Una escena surrealista llamó profundamente su atención. Un tipo bien plantado, traje de Armani, por lo que pudo observar, mocasines brillantes como un espejo, una camisa blanca como la nieve… No llevaba corbata. Lucía una pajarita perfectamente anudada. Maleta de piel que hacía conjunto con sus zapatos. El hombre tendría alrededor de cincuenta y algo. Probablemente, de buena posición.

Se dirigió al lavabo con bastante celeridad. Igual no se encontraba bien o tendría prisa.

Tres o cuatro segundos después, un muchacho de esos que llevan los pantalones como cagados, enseñando los slips y con un aspecto, como te lo diría sin ser demasiado bruto, —es mi opinión—, ¿tal vez un chapero? Al menos, tenía toda la pinta.

El vigilante que también estaba en la zona, giró sobre sus tacones y se largó hacia las escaleras. Pablo, cámara en mano, tomó con la distancia suficiente para no ser detectado por nadie… —¡qué ironía!—, unas treinta fotografías, como en esas películas de agentes secretos.

Su imaginación no tiene fronteras. Creó un guión en cero coma y después lo escribió en su diario.

«Hoy, tres de agosto de 2023, aquí, en esta tierra de nadie, vacía, fantasmagórica, me encuentro ante una situación extraña, surrealista. El señor X, ha entrado en los baños públicos del centro comercial que, probablemente, estén fuera de todo circuito, en los que no permitiría la entrada a mis sobrinos aunque les fuera la vida en ello. El señor X, por su aspecto de alto standing, aburrido de su falsa existencia, se sumerge por unas horas en ese submundo de vicio y placeres sórdidos que solo entienden los que están hartos de sus hipócritas vidas. Como si estuviera ensayado, antes de cinco segundos le sigue por detrás un muchacho de apariencia mediocre, guapo, con las facciones marcadas por el desgaste vivido. Tal vez drogadicto o peor aún, un chico de buena familia, que se dedica a prostituir su cuerpo por unos billetes.»

Pablo permaneció en la escena, al menos, media hora. No se oía nada, ni en el interior y mucho menos en el exterior. El señor X no volvió a salir.

«Se trata de una historia real en la que se ha cambiado el nombre de los personajes y modificado, muy poquito, las escenas.»

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