¡Hay más afuera que dentro!

Hace un tiempo hablé de lo despreocupada que es la gente, por no decir otra palabra mucho más desagradable. ¡Cómo se nota que las mascarillas quirúrgicas valen mucho menos que un café en un bar, cuando consiguen abrir!

Cuando las mascarillas tenían un coste superior a ocho euros, no veías ni una por el suelo. Es más, estoy seguro que más de uno las hubiera recogido para llevárselas a casa. En cambio, ahora que no cuestan prácticamente nada, te las encuentras tiradas o colgadas en los sitios más inverosímiles.

He llegado a encontrarlas tiradas por el suelo, al lado de una papelera. Dentro no, al lado. Me las he encontrado colgadas de la ramita de un árbol, enganchadas en la verja de un parque, depositadas en la rígola de la calle, encima de un banco de jardín. En el camino al bosque donde voy a pasear muchos días, están ahí como dejadas, abandonadas, sin dueño.

Si tuviesen un precio por encima de los 20 euros, que sería lo mejor, no las tirarían pero, como el espacio exterior no es su casa (¡a saber cómo tendrán el baño!), les importa una mierda y las tiran donde les da la real gana.

Aún no me he cruzado con nadie en la escena del crimen. Si algún día ocurre, le diré dos cosas bien dichas. Por el momento, y para no sentir vergüenza humana, seguiré recogiendo la mierda que tira la gente al suelo.

Es la segunda vez que, en compañía*, quedo con un grupo de seres humanos, para limpiar, lo que buenamente podemos, un trocito de playa. Dos horas aproximadamente, recogiendo plásticos, fibras, porexpan, hierros oxidados, cristales, ropa, plásticos de todas las medidas, un anzuelo y hoy, concretamente, un tampax, entre otras cosas.

(*) Digo en compañía porque normalmente voy solo y ya lo hago cuando camino por la montaña. Recoger mierda tiene sus ventajas. Caminas y encima llevas peso, por lo que hago doble esfuerzo. Creo que la próxima vez que salga a caminar, recogeré de bajada en vez de subida porque sino, en un momento, se me llena la bolsa y he de tirar de ella durante toda la marcha.

Esta semana toca montaña otra vez. Por la zona que voy, —todo subida—, te puedes encontrar latas de bebida, las que quieras. Más de una botella de plástico de 5 litros y si aún no se lo han llevado, el parachoques de un coche que igual de un estornudo, perdió en algún porrazo, la parte delantera. De ser yo el del coche, me hubiese apeado y recogido la dentadura.

A ver qué me encuentro. Ya os contaré.

¡Hay más afuera que dentro!

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