¡¡¡Qué salaos!!!

Metafóricamente hablando, podría decirse que su techo es como una pecera. Hay tanta humedad, por culpa de una enorme gotera, que se han instalado un pulpo con gafas, una sepia enfadada y una lubina presumida.

Hace tiempo que pernoctan y deambulan libremente por la zona norte, con el permiso del inquilino humano que vive a escasos noventa centímetros más abajo.

Cada uno ocupa su espacio sin invadir el territorio compartido. No se cruzan ni siquiera en el baño, que también tiene una afectación importante.

El pulpo con gafas es un gran apasionado de la lectura. Mientras con un tentáculo mueve el foco para ver mejor, con el otro sostiene su libro favorito «Veinte mil leguas de viaje submarino». Creo recordar que un día llegó hasta mis oídos que, en el cuarto capítulo, salía un antepasado suyo. Parece ser que tuvo un desliz con una calamar gigante y el resultado, aunque espantoso, dio lugar a un bichito muy simpático de casi treinta metros de largo.

¡Qué mono!

La sepia lleva tiempo cabreada porque dice que la lubina no le habla. Parece ser que la pez está encoñada con el pulpo de marras y solo tiene ojos para el octópodo.

Un día, la sepia fue a pedirle sal y la lubina le contestó de malas maneras que se la dio toda a la dorada. Las nenas siempre… dándose por el saco.

El inquilino que vive a escasos noventa centímetros por debajo de sus cabezas está un poco mosqueado porque el agua que cae del cráter mayor, desprende un olor bastante desagradable. Al principio pensaba que se trataba del pis del pulpo, pero este bicho es infinitamente más limpio de lo que uno se cree.

Entonces, ¿a qué se debe ese olor tan inclasificable?

Lucas, el inquilino, -de quién iba a tratarse sino-, se comunicó hace días con un experto en peceras cenitales y este le comentó, una vez visto el desaguisado, que ha tenido mucha suerte con el cráter. Le dijo que si hubiera estado en el wc, otro gallo cantaría.

El pulpo con gafas sigue refugiado en su guarida para que no le toquen los huevos -es una forma de hablar- la sepia enfadada y la lubina presumida.

Ahora que lo pienso, hace días que no veo a la lubina presumida.

—Oye tu, ¿dónde andará la sepia?, —me preguntó el pulpo.
—No tengo ni la más remota idea, —le respondí con cara de besugo.

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