Gertrud. De Berlín a Puerto Viejo

gertrud-una-alemana-en-costa-rica

Desde pequeña había soñado con el Caribe. Sabía que tarde o temprano, cogería su petate y abandonaría para siempre su Berlín natal.

Dejar atrás esa época oscura y gris de su mundo de juventud y la pérdida de sus padres en un accidente de tren, fueron el motor que la impulsaría para alcanzar su sueño.

Lo que no sabía era cuándo podría hacerse realidad. El destino le tenía reservado otras tareas.

Gertrud nació a las 03:10 a.m. del 9 de mayo de 1945. Veintinueve minutos después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial.

Sus padres, Otto y Walda, fueron bendecidos con la llegada de esta valiente niña que, sin saberlo, sería el inicio de una nueva etapa, llena de esperanza, para ellos, pero sobre todo, para muchos de los que sobrevivieron a los horrores de la Guerra y que, de forma accidental, se cruzarían en el camino de Gertrud.

Cuando se construyó el muro, Gert tenía 16 años. Era una adolescente brillante y con una inteligencia fuera de lo común. Estudió prácticamente sola, en la biblioteca, cerca de la universidad Humboldt.

Su don de gentes le permitió hacerse un hueco entre los universitarios que frecuentaban la biblioteca.

En marzo del 68, los padres de Gert, aprovecharon un viaje relámpago para encontrarse con unos parientes de Walda que habían emigrado a los Estados Unidos después de la Primera Gran Guerra.

La cita tuvo lugar en Galicia, España. Tenían muchas ganas de visitar Santiago de Compostela.

El 15 de marzo de 1968, un fatídico accidente de tren, acabó con la vida de Otto y Walda.

Cuando Gert se enteró de la noticia, en vez de hundirse y caer en depresión, decidió que ese desastre sería el detonante para acelerar su sueño.

Había sido muy feliz con unos padres que la apoyaron en todo momento. Pero ahora no podía desfallecer.

Se fue a vivir con su tía Rania al barrio de Neukölln, a treinta minutos de la biblioteca, a la que iba a estudiar casi a diario.

Aunque la biblioteca le quedaba más lejos que cuando vivía con sus padres, no le preocupó. Al contrario. El trayecto en bicicleta le servía para ordenar sus ideas.

Se centró en cuerpo y alma en sus libros y siguió luchando sin perder de vista su sueño.

Hizo grandes compañeros con los que estudiaba siempre que podía. Compañeros que, con los años, se convirtieron en sus mejores amigos y que formarían parte de ella el resto de su vida.

A título privado, con 21 años, podría considerarse licenciada en Ciencias Políticas e Historia, pero al no haberse matriculado, no obtendría el diploma oficial hasta 1989, fecha en la que se derribó el muro.

Curiosamente, Gert coincidió con dos fechas muy importantes de la historia. La de su nacimiento con el final de la Guerra y la de su diploma de la universidad, cuando derribaron el muro de Berlín.

No sería hasta el 10 de diciembre de 1989, que Gertrud Pleintz con 44 años, conseguiría el título oficial en Ciencias Políticas e Historia, por la universidad Humboldt.

Extracción

Siempre fue una mujer muy resolutiva. Con diecinueve años y con el beneplácito de sus padres, entró a formar parte de un grupo que pasaba gente al otro lado. Sus grandes dotes de persuasión e intuición, la convirtieron en una de las mayores extractoras de la guerra fría.

El coraje, la valentía y el amor profundo que sentía por la familia hizo de Gert una luchadora incansable.

Cuentan por ahí que consiguió reunir a más de 980 familias en sus 23 años de pertenencia al grupo. Familias destrozadas por separaciones que, una fatídica noche del 13 de agosto de 1961, se encontrarían, casualmente, en el otro lado.

Apoyada por el chico que está a su izquierda, Gert, intenta encaramarse al muro.

El destino, ese personaje invisible que nos acompaña a todos en nuestras vidas, le tenía reservada una sorpresa que cambiaría la suya para siempre.

Cinco días después de recibir el título, compró un billete de tren, con destino a Zug, donde le esperaba una familia adinerada que conoció cuatro años antes.

Pasear en mal momento

Personas de gran corazón hay en todas partes. El truco está en detectarlas.

El matrimonio Strauss tenía una hija dos años mayor que Gertrud. Por temas médicos, en 1979 la llevaron a un hospital alemán, en Berlín, especializado en enfermedades respiratorias poco comunes. Ingrid tenía 36 años y sarcoidosis.

El hospital La Charité era un centro bastante puntero en el tratamiento de enfermedades respiratorias. Las denominadas «raras».

—Aunque no es una enfermedad mortal, si no se actúa a tiempo, puede tener consecuencias mayores—. Les comentó el jefe del equipo del hospital.

—Es un tratamiento que puede durar dos años, en el mejor de los casos—. Volvió a decirles el Dr. Schneider a Günter y Hannah, los padres de Ingrid.

Por una jugada del destino, en febrero de 1981, una semana antes del alta de Ingrid, Hannah, fue detenida en la calle por la policía secreta del Berlín oriental. La habían confundido con una fugitiva, pero… la policía nunca se equivoca.

Estar en el lugar incorrecto en el momento inadecuado, provocó que ese febrero, la familia Strauss, quedara dividida. Günter y su hija Ingrid, se quedaron en el Berlín «bueno» cuatro largos años, en casa de unos amigos, sin saber nada del paradero de Hannah.

Hannah, después de pasar dos semanas detenida, la dejaron en libertad, sin la posibilidad de salir del Berlín oriental. La policía, se había quedado su pasaporte.

Los grupos de voluntarios que trabajaban en pro de las familias rotas, la localizaron y la llevaron a una casa de acogida, ubicada cerca del río y del punto de fuga más próximo.

La lista es muy larga y dar con los familiares que se encuentran en la zona libre o en otros países es complicado.

Günter y Fabio, eran amigos desde la época universitaria en Basilea. Juntos, recorrieron todas las comisarías de policía; hablaron con cada político de turno, para que liberasen a su mujer, ya que Hannah no había hecho nada.

Aunque nunca quiso renunciar a encontrarla, con los años, estaba perdiendo la esperanza de volver a reunirse con su queridísima Hannah.

Günter no lo sabía, pero en la primavera de 1985, ocurriría un milagro.

Gertrud, que a pesar de tener cuarenta años, aún seguía en activo, se enteró por un amigo, que una familia suiza había sido separada por la fuerza. Le comentó que el padre y la hija se quedaron en casa de unos amigos, sin perder ni un momento la esperanza.

A través de los contactos que tenía al otro lado, localizó el paradero de la mujer suiza. Se puso en contacto con Siegfried, un personaje importante de la zona de extracción en el Berlín oriental.

Siegfried, más conocido como el correo blanco de la zona oscura, era el enlace con el grupo extractor del lado blanco.

Hannah y Siegfried, se hicieron inseparables en menos de dos meses. Hannah no tenía nada que perder.

Prepararon la evacuación en tres semanas y una noche de mayo, movieron el paquete, como venían haciendo desde hacía muchos años.

Esa noche, la calle estaba prácticamente desierta. Gert y su colega Siegfried se sabían de memoria los turnos de la guardia del muro.

Pasados siete minutos del toque de campana de la iglesia Saint Johannes, Siegfried y Hannah, estaban preparados para salir corriendo tan rápido como les permitiesen sus piernas.

Sin ningún tipo de equipaje y descalzos para no hacer ruido, la huida se hizo más ligera.

En la mente de Hannah se repetía la frase: —sobre todo no despegues la espalda del muro, pero corre lo más deprisa que puedas. Le recordó Siegfried durante la última semana.

Aunque ya lo habían hecho centenares de veces, Hans esperaba, inquieto, en el punto de salida y Gert en la zona muerta, con la adrenalina a flor de piel. Aunque no conocía a Hannah, estaba segura de que la reconocería al instante.

Nueve minutos más tarde, estaban en el lado «blanco». Lejos de las garras de la policía secreta.

Por fin, a salvo.

Gert y Hans llevaron a Hannah a un piso franco que tenían cerca de Anhalter, para que pudiera ducharse y tirar la ropa vieja.

Juan Fernández Becker, un español de madre alemana, especialista en falsificar documentos, les estaba esperando en el piso para preparar el nuevo pasaporte, ya que el de Hannah se lo quedó la Stasi.

Otra vez, Gert, se había salido con la suya. Pero esta, sería su última extracción.

Günter no olvidaría mientras le quedara un hilo de cordura, la inestimable ayuda que les ofreció Gert, sin pedir nada a cambio.

El 5 de mayo de 1985, mientras Berta y su hija Vika acababan de preparar las dos ensaladas de col fría, los invitados de Fabio se empezaban a sentar, alrededor de la mesa.

Más que invitados, se podía decir que ya formaban parte de su familia. Günter, Hannah, Ingrid, Gert y Hans, y en seguida, Berta y Vika, celebraron el fin de una pesadilla que había empezado cuatro años atrás.

Hannah no encontraba las palabras adecuadas para agradecer a Gertrud todo lo que había hecho por su familia y le prometió que a partir de esa fecha y hasta su muerte, protegería y cuidaría de ella como si fuese su propia hija.

Zug

El 15 de diciembre de 1989, Gert, con su petate en la mano derecha y el billete a Zug en la izquierda, subiría al tren que le llevaría a su siguiente etapa. Una etapa sin retorno.

Empezaba ya a cumplirse el sueño de Gertrud.

En Zug, Gert, se instaló en casa de los Strauss, una villa del siglo XVIII que Matteo y Ruth cuidaron con total dedicación durante la ausencia de la familia.

Matteo y Ruth, los guardianes de la villa, llevaban trabajando para los Strauss desde hacía más de cuarenta años.

Günter, que era un empresario de éxito, se puso en contacto con unos amigos del Cantón italiano, que se habían instalado veinte años atrás en Bocas del Toro, en Panamá, para regentar un hotel-relax.

Les explicó la historia de Gert, la relación con su familia y cómo se había portado con ellos. Les dijo que la enviaba a Bocas como si fuera su propia hija.

Todos sabían que Gert estaba de paso en Zug. En sus memorias quedarían grabadas para siempre, las escenas del encuentro con Hannah en la zona muerta del muro y los abrazos con su marido y su hija Ingrid que, por fin, después de aquel calvario que duró cuatro años, estaba totalmente recuperada.

Tres semanas después de compartir vivencias en la villa, Gert se despedía de todos con un profundo pesar pero a la vez con una ilusión indescriptible.

Tomó por fin el avión que la llevaría a Costa Rica, pero antes debía hacer una escala en Bocas del Toro, para entregar una caja que, muy cuidadosamente, había preparado Hannah para su amiga Aaren.

Gertrud los llevaría siempre en su corazón.

Bocas

Renato y Aaren la recibieron con el mismo cariño que le habrían obsequiado a Ingrid. Le aconsejaron en todas sus dudas y le facilitaron toda la información que tenía apuntada en su diario.

Gert, otra vez con el petate en una mano y el billete de bus en la otra, volvió a tomar el mismo Ferry que dos semanas antes le había conducido hasta ellos. Debía apresurarse porque el bus salía a las 10:40 de la plaza, en Zegla.

Última parada: Puerto Viejo de Talamanca

Cuando pisó por segunda vez en su vida, las arenas de las playas del Caribe, Gert acababa de cumplir su último sueño. O quizás no.

Nadie sabe por qué escogió, de entre todos los países Costa Rica y de entre todas las ciudades, Puerto Viejo. Nadie, excepto el destino.

El destino parece ser que está marcado desde que nacemos. Por muchos movimientos y cambios de dirección que hagamos, si en nuestras vidas ha de pasar alguna cosa importante, pasará.

Después de dormir más de diez horas seguidas en el pequeño Lodge que alquiló la tarde anterior, en Puerto Viejo, Gert empezó a planificar su futuro.

Decidió que no se movería para nada durante los próximos meses. Después ya vería qué hacer con su vida.

Gertrud se había licenciado en Ciencias Políticas e Historia, en la universidad alemana Humboldt. Una de las más prestigiosas y antiguas de Berlín.

Uno se pregunta cómo una alemana tan preparada y con tantas vivencias, fue a parar a un pueblo pequeño de un país tan lejano.

Esa misma pregunta se la repitió Gert durante las cinco primeras semanas de estar viviendo en Puerto Viejo de Talamanca.

En el día 36 de su estancia en Puerto Viejo, pasaron cosas.

Gert estaba inmersa en sus pensamientos, paseando sin rumbo por la playa. Se sentó debajo de una palmera para contemplar en silencio cómo las olas chocaban con unas rocas semi hundidas que tenía justo delante.

Una voz masculina pronunció su nombre. Nadie, excepto Renato, Aaren y los Strauss, sabía que se había instalado en Puerto Viejo.

Aunque le costaba bastante perder los nervios, le sobrevino un escalofrío que le recorrió toda la espalda.

Muy despacio, giró la cabeza hacia el palmeral para averiguar de quién se trataba. Su sorpresa fue máxima.

No se lo podía creer.

A unos seis metros de distancia de donde se encontraba Gert, un hombre bien plantado, volvió a pronunciar su nombre.

Todos en Berlín lo conocían como el correo blanco de la zona oscura.

Siegfried y Gert se dieron un abrazo tan fuerte que casi pierden el conocimiento.

—Supe de ti a través de Günter y Hannah. Necesitaba volver a verte. Dijo Siegfried

Llevaba muchos años interesado en ella, pero nunca se atrevió a decirle ni una sola palabra que pudiera comprometerla. Los trabajos de extracción en la zona caliente del muro, requerían máxima concentración y no se podían permitir el lujo de desconcentrarse.

Siegfried salió del Berlín oriental dos semanas más tarde de la extracción de Hannah.

Lo primero que hizo fue ir a visitar a su hermana Beatrice. Aunque estaban en contacto, llevaban diez años sin verse más de 3 horas seguidas y sin abrazar a su sobrina Silvia que, en esos momentos, ya era una mujer de 30 años.

Silvia, llevaba cubriendo las noticias del muro desde hacía cinco años. Con un código secreto que se había inventado con su madre, estaban al corriente de todos los movimientos de su tío Sigfried. Sabía que no tardaría mucho en reunirse con ellas. Y así fue.

Su época de rescate había llegado a su fin. Necesitaba localizar a Gertrud a cualquier precio. No quería volver a perderla de vista nunca más.

Gert, desde que entró en el grupo y conoció a Siegfried, también sentía algo, pero antepuso la labor de rescate a cualquier tipo de sentimiento.

Aquí, en Puerto Viejo de Talamanca, ya no tenían que extraer a nadie y con 44 y 45 años, podían empezar desde cero. Tenían muchas cosas que contarse y muchas aventuras que vivir.

Por casualidad, en 2020, tuve la oportunidad de conocer a Ingrid. El cómo ya lo contaré en otro momento. Lo importante es que coincidimos en una exposición de fotografía que se celebraba en Basilea, en la fundación que su padre financiaba desde los años setenta.

El 7 de mayo de 2020, Ingrid cumplía 77 años. Fue reportera gráfica durante décadas para la agencia France-Press.

Entre las doscientas fotografías que allí se exponían, había cinco que me llamaron mucho la atención. Pregunté por ellas y me explicó lo que os acabo de contar.

el Autor
Gertrud. De Berlín a Puerto Viejo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Scroll hacia arriba