Entre rulos y mascarillas

Una previa. La mujer y la peluquería existen. A ella le he cambiado el nombre como hacen los escritores famosos. La peluquería está, como describo, en la zona alta de la ciudad.

Primer día de septiembre, volvía de vacaciones Lourdes. Trabaja en una peluquería de alto standing, en la zona vip de la ciudad.

Después de un merecido descanso, de unos días de relax junto a los suyos, en una de las islas del archipiélago, vuelve a la rutina de su trabajo; bastante duro, para dejar monas a las monas del barrio. 

Ocho horas seguidas con la cara tapada como si se tratase de un atracador de bancos, con la mascarilla puesta y no precisamente de esas para rejuvenecer el cutis. Solo se la quita para beber agua de vez en cuando, para rascarse la nariz si le pica o para comer alguna cosa, ya que no le da tiempo para ir a casa y descansar un poco del estresante día.

Ocho horas con la mascarilla puesta. Entre rulos, secadores, tintes, calor, pelos que barrer, personal arriba y abajo, clientas entrando y saliendo, aunque tengan cita previa. Seguro que en más de una ocasión le gustaría arrancársela, tirarla al suelo y patearla, pero no puede.

Cuando acabe su jornada, se arreglará un poco; se cambiará el uniforme por su ropa que, estoy convencido de que le queda mucho mejor; se mirará al espejo y se preguntará: ¿mañana otra vez?

Seguramente, mañana otra vez, pero algún día recuperará su pasión. Recogerá sus cosas, sus rulos. Dejará su uniforme colgado en el respaldo de una silla y les dirá a todos que se va. Que ya está bien por esta vez y por todas.

Entre rulos y mascarillas

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