El botón roto

No acostumbro a ir en tren casi nunca y mucho menos desde que obligaron el uso de la mascarilla. Ayer, hice una excepción. Solo de pensar que a primera hora de la tarde haría un calor entre horroroso y pegajoso, que debía equiparme bien (como siempre) para coger la moto e ir al pueblo siguiente para una visita médica, se me quitaron las ganas de lo segundo y pensé en la primera opción. Eso sí, debía consultar el horario del tren de cercanías.

Pensé en el aire acondicionado, en los cuatro minutos de trayecto y que de la estación al ambulatorio hay menos de seis minutos caminando. Así que miré los horarios y decidí ir a buscar el tren. A la ida todo correcto, pero a la vuelta, un desastre como siempre. No recordaba los retrasos de cercanías. Lo había olvidado.

Llegué a la estación a la hora prevista. Compré un billete de ida y vuelta; de esta manera, para el regreso no tendría que apresurarme en sacar otro billete. No es una cuestión de ahorro, ya que cuesta exactamente lo mismo. Es por un tema de logística, simplemente.

Justo en el momento en que estaba comprando el billete de marras, por megafonía anunciaban la llegada del tren al que debía subir. Pensé que la revisora tardaba un poquiño y tenía el tren acariciándome las nalgas. Ya tengo el billete. Lo meto en la máquina que activa el viaje y me planto en el andén con el tiempo justo.

Delante de mis narices se detuvo un vagón sin ningún botón a la vista. Aparentemente, en algún momento de la vida de ese convoy, habría uno reluciente que funcionaría a las mil maravillas, pero ayer, no. Solo asomaba por un agujero pequeño que había en la puerta, una especie de resorte sucio de grasa y negro por el paso del tiempo. Más de dos gramos de mierda fueron a parar a mi dedo pulgar de la mano derecha. Concretamente, a la uña. Casi todo lo hago con la derecha, incluso las p… A veces, con la izquierda, pero muy pocas.

Bajé del tren a la hora prevista. Salí de la estación y mientras subía por la riera, iba buscando un súper para comprar agua (me dijeron que para la prueba bebiese abundante líquido). Nada. Ni un súper. Ni tan siquiera un badulaque. Esperaba encontrar, al menos, un lavabo en el ambulatorio. Eureka. Lavabo, agua bastante fría y jabón de manos que te quita hasta la calcomanía de la época de Pachá.

Por fin tenía las uñas limpias. No hay cosa que me moleste más que llevar las uñas un poquiño… como te diría… guarras. Me pone enfermo.

La prueba médica realizada. Cuando voy al médico me da por sudar más de la cuenta. Al salir de casa y ya, a medio camino de la estación, recordé que no me puse desodorante. Me había duchado, pero se me olvidó. Lo achaqué a los nervios. Las pruebas médicas y más según dónde te toquen, siempre son un incordio. Me ponen nervioso y sudo más de la cuenta. Por suerte, esta que se hacía por la puerta de atrás, no me causó demasiados problemas. A la doctora menos. Están acostumbrados a darnos por culo sin llegar a despeinarse lo más mínimo. Tuvo la suerte de que no le tocara hacerme esta prueba años atrás. Entonces sí que la hubiera despeinado.

Ya de vuelta, aparecieron en mi mente esos recuerdos de antaño, cuando tomaba el tren casi a diario. Tardó más de veinte minutos en pasar y encima, estaba en el andén incorrecto. Suerte que la estación es pequeña y pasar por el sub no me causó más sudor del previsible. De vuelta a casa y ya con la puerta del garaje bien cerrada, decidí tomar un helado de tres bolas que me encanta. Stracciatella, leche merengada y after-eight. Me encanta.

El botón roto

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