Tan acostumbrado a no tenerlo que, cuando lo tienes, se te hace raro.

Cuando llevas más de ocho meses disfrutando sólo de uno y, en un momento dado, las circunstancias te permiten que, en vez de uno sean dos, como mínimo debería parecerse a un orgasmo o al premio gordo, incluso a algo parecido a un regalo del cielo y, sin embargo, te das cuenta de que cunde menos que uno solo.

Esperas ansioso a que pasen los seis primeros con rapidez, pero no. No hay manera. Todo va a cámara lenta. Cuando llega el séptimo, pasa tan deprisa que no te ha dado tiempo a saborearlo. Entonces, te asalta aquella duda de: ¿Y sin en lugar de uno son dos? Pues, parece ser que dos cunden menos que uno.

Eso es lo que le ha pasado a Lucas este fin de semana. Hace tiempo, había pedido si podría disfrutar de dos seguidos en vez de uno (el único). Le dijeron que sí. Por suerte, ha tenido dos.

No tenía nada importante entre manos. Solo descansar. Para dentro de un mes tiene un plan más interesante.

El único que tiene el poder de otorgar las horas, los minutos y los segundos correspondientes a cada evento, sin que el individuo se atormente consultándolo de forma continuada es el reloj. Lo demás, carece de importancia.

Dos

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