2001

Tengo envidia sana.

¿En qué parte del cerebro se fabrican esas ideas tan extraordinarias que, puestas en fila india, se convierten en una obra maestra?

En mi humilde sala de cine, ayer le tocaba el turno a 2001, una odisea del espacio.

Al principio de los tiempos, digo, de mi tiempo, no entendía nada. Pensé que se había estropeado el monitor. No se veía nada, solo se oía una música de fondo, allá a lo lejos, como si no tuviera que ver conmigo.

No recordaba en absoluto la escena. Esa primera vez que la vi en la pantalla grande tendría diecisiete años. Creo que estaba en segundo de BUP.

Salía con Anna. Yo hablaba castellano. Ella, más catalana que el pa amb tomàquet se dirigía a mi siempre en catalán.

Entramos en el cine con un grupo. Vimos la película y después, en un bareto, la comentamos.

Con diecisiete años me explotó la cabeza.

No sé lo que pasó en la sala. Ocurrió algo inesperado que me cambió por completo el orden de las neuronas que aún me quedaban por quemar.

Recuerdo perfectamente que entré hablando en castellano y a partir de cruzar el hall de la sala le dije a Anna que, en adelante hablaría en catalán.

Jugaba con ventaja. Mi padre era de la rambla del Poble Nou y aunque en casa predominaba el castellano por mi madre aragonesa, ese día, justo ese, mi padre se emocionó tanto que se puso a llorar de alegría.

Desde entonces, y ya han pasado cuarenta y muchos años, hablo y escribo en ese idioma tan curioso del pa amb tomàquet.

—¿Y para qué has mencionado lo de tu humilde sala de cine? ¿Ya no has vuelto a hablar de ella?
—Un momento. ¡Te quiéres esperar!

Qué poca paciencia que tiene la gente, ¡por dios!

Después de casi dos horas estudiando piano, decidí parar y recoger los bártulos. Con mis gatos nunca se sabe. Igual les da por tocar el piano a las tantas de la noche y la liamos. Así que lo recogí todo y le puse la tapa al teclado.

—Alucinas con la tapa, ¿no?
—Es la puta tapa de cartón del embalaje que la usaste como protector. Así que no te flipes conque tienes una tapa…

La primera operación que hay que hacer antes de sentarse en la butaca recién tapizada es pasarle el cepillo. No veas la de pelos que recojo en poco menos de un minuto. Mis gatos sueltan más pelos que yo palabrotas. Y ya es decir.

La segunda operación es escoger una buena peli, encender las luces de ambiente. Son como dos lunas con las pilas bastante gastadas. Encender el ladrón y ¡alehop!, se pone en marcha el monitor y el reproductor Blu-Ray. La barra de sonido va aparte.

Cuento hasta cinco; a veces hasta diez y mis gatos vienen disparados desde donde sea para instalarse cómodamente encima de mis piernas.

Nos disponemos a ver la película. Hacía mucho que mi gata no estaba tan pendiente de la pantalla.

Música de Strauss. Fondo negro, a la espera de alguna imagen identificativa y a tragarme, sin realizar ni una sola parada para mear, las dos horas y pico que dura el film.

Me explotó la cabeza otra vez. Algo volvió a activarse por ahí dentro. Ya no era el idioma del pa amb tomàquet. Creo que esta vez le ha tocado a los pensamientos que van más allá del arcoiris.

Voy a meditarlo durante unos días. Igual han aflorado en la dark zone más de tres neuronas y yo, aquí, con estos pelos.

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