Desconexión

Como todos los días, a las 5:23 p.m., Elm se sentará en el banco del parque, en el que permanecerá los próximos ciento veintitrés minutos, con la mente relajada, seleccionando minuciosamente a la mujer de su vida.

Con tan solo 24 años, es analista de sistemas y jefe de equipo, en una multinacional que gestiona información confidencial de alta seguridad.

En los años 90, lo habríamos bautizado como un JASP (joven aunque sobradamente preparado).

Elm no ha tenido, jamás, contacto directo con ninguno de sus clientes porque son agencias de inteligencia.

Todo, absolutamente todo, funciona a través de protocolos encriptados de seguridad, de nivel 5.

Cada martes, a las 4:08 p.m. se levanta de su butaca de piel sintética. Camina veintitrés pasos hasta el rellano de la planta -23. Presiona el botón del ascensor que se activa con su huella digital y, en menos de veintitrés segundos, llega a la planta 0.

A continuación, se despide de Lorenzo, el conserje, hasta el próximo jueves, a las 2:23 p.m.

En el instante que atraviesa la puerta giratoria del hall del edificio Blue Build, Elm se planta su gorra de baseball, que le regaló su buen amigo de la época de Silicon Valley, Jeremy Callaghan; un irlandés afincado en San Mateo.

El Blue Building se construyó para albergar a los atletas que participaron en la Barcelona’92.

Este emblemático edificio cumplía todos los requisitos para ser la nueva sede de la empresa THREE_HUNDRED REVERSE & Co. (300R&Co).

Elm se dirige despacio, relajado, hacia el parque, escuchando a Jamiroquai.

Contempla sin prisas, como se mueve el mundo a su alrededor.

Casi todos los martes se detiene un instante para tomar una fotografía inusual con su flamante iPhone 11. Más tarde, en casa, ya la analizará con calma.

Mientras espera a que cambie la luz del semáforo habla con el vendedor de cupones que tiene la cabina frente a la entrada del parque.

Allí, en su banco preferido, permanecerá absorto, desconectado del mundo, durante los próximos ciento veintitrés minutos, en busca de lo que él denomina: su CB (chica bonita). La que «conseguirá» que Elm vea el mundo desde otra perspectiva.

Con el móvil en la mano derecha, la agenda en la izquierda y los auriculares inalámbricos hundidos hasta el cráneo, escucha jazz-fussion en Spotify mientras consulta su app preferida: Be2.

Es su momento de desconexión. Es hora de dejar volar la imaginación. Su ajetreada vida no le permite distraerse más de la cuenta y solo dispone de dos horas y tres minutos.

A las 7:26 p.m. apaga Spotify, desconecta el wifi que roba de la biblioteca del barrio, guarda en su cajita azul los auriculares y mete en el bolsillo interior de su chaqueta, su agenda. Sin ella, estaría perdido.

Hace cuatro estiramientos; se levanta despacio y se pone en marcha. Es hora de volver a casa. Activa sus gafas con sistema metaverso y sale del parque en dirección sur para coger el metro.

Volver a casa es una forma de hablar.

Elm es hombre de costumbres. Hasta para entrar en el metro de la línea II, procura dar 1.423 pasos. Desciende los veintitrés escalones que le dejarán en el andén. Mira a un lado y a otro. No hay nadie que esté pendiente de él.

Como siempre, entra en el último vagón. Se apoya en el fuelle que separa las dos plataformas y observa todo a su alrededor. Deformación profesional.

Baja en Sagrada Familia. Sube por la avenida hasta el Hospital de Sant Pau. Entra en el hall.

Mira la hora. Sabe que no tardará en llegar su enlace. Son las 8:19 p.m.

A las 8:23 p.m. recibirá instrucciones a través del tablón de anuncios de la planta sótano, cerca de la sala de RX. Mensajes codificados.

Sin perder el tiempo, se dirige a la sala de espera y, en la esquina de la tercera baldosa (la de siempre), encuentra un clip con un nano mensaje.

El viernes por la mañana, le espera mucho trabajo.

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