Trece y medio

Por suerte, los amantes de los animalicos pertenecemos a una raza aparte. Tenemos otras prioridades. Somos unos privilegiados porque, en verdad, son ellos los que permiten que nuestra vida de humano entre en sus corazones. Son ellos los que gobiernan nuestras emociones.

Durante más de trece años Dan permitió a Montse que fuera su amiga, su cómplice, su guía espiritual. Ella se entregó en cuerpo y alma para satisfacer las necesidades físicas y emocionales de su peludo.

Creo que los peludos son ángeles que cambiaron sus alas por patas para no ser descubiertos. Las alas llaman demasiado la atención y cuando el peludo escoge al humano con el que va a compartir toda su vida, las guardan hasta su vuelta, en un armario sin puertas que tienen preparado para ello.

Hace unos meses, Dan regresó a esa parte del cielo al que vuelven los peludos que ya han cumplido su trabajo aquí abajo en la Tierra; ese lugar donde permanecemos los humanos que tuvimos la inmensa suerte de compartir nuestra vida con ellos.

Seguro que Dan hablará bien de Montse. Les dirá a sus otros colegas peludos lo bien que le cuidó, las risas que se pegaron, los paseos interminables, los pipis y las cacas que tuvo que recoger, los cuidados con tanto amor que recibió de esa mujer que yo, el que escribe, también ha tenido el privilegio de conocer.

No me extraña que Dan, allí donde se encuentre, hable tan bien de esta humana. No me extraña.

Dan, no quiero extenderme más, pero quiero que sepas que Montse y todos los que te amaron aquí abajo, algún día se volverán a encontrar contigo y disfrutarán de esos paseos tan largos y bonitos que compartísteis en este planeta azul.

Un saludo de un amante incondicional de los peludos.

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