Crowdfunding II

Poco me ha durado la idea de «enredar», sin ser consciente de ello, a no sé qué cantidad de personas para que, por la santa patilla, invirtieran en mi proyecto.

El jueves tuvimos una charla muy interesante con David acerca de lo que él cree que es, según las explicaciones que le di, el nuevo crowdfunding. Una forma muy sutil de enredar a un grupo de personas cercanas y desconocidas para que sufraguen tu proyecto.

La empresa que me ofertaba el sistema no arriesga, en principio, nada. Soy el único que se ha de buscar la vida para recolectar una cantidad X de dinero con el objetivo de cubrir todos los gastos que conlleva el proceso de tirar adelante «tu historia».

Es evidente que si hay una contraprestación económica muy deliciosa, un mismo «mecenas», al que le salga la pasta por las orejas, podría sufragarlo todo. Pero, ¿a cambio de qué? ¿De salir su nombre en las últimas páginas del libro (este es mi caso)?

Después de las aclaraciones, no me veo capaz de tirar adelante una humareda de este calibre. No es mi estilo.

No digo que todo sea mentira, pero dados los tiempos que corren, ¿acaso tengo la capacidad de levantarle la camisa a mis semejantes?

Poner en marcha el lanzamiento de mi segundo libro, estudiado por esta empresa que, por respeto, no diré su nombre, suponía localizar a 150 víctimas, reunir la cantidad de 4.500 € y ver en la calle el libro que, desafortunadamente, ahora no verá la luz hasta que encuentre el interruptor.

Parte de mi vida profesional la he invertido en montar libros y catálogos con más de 150 páginas. ¿Bajo qué razón cósmica se parapetan para decirme que lo que monté no sirve para nada y que son ellos los que maquetarán el libro otra vez?

¿Maquetarlo otra vez? Si ya lo está. ¿Doble trabajo? Claro. En este caso, quieren cobrar sus honorarios. Lo entiendo, pero si ya está para entrar en máquinas, ¿por qué insisten en reconfigurarlo?

Es evidente que, bajo el punto de vista de David y ahora el mío, aquí los únicos que ganan pasta, por lo menos, de inmediato, son ellos.

Vale. ¿Y si resulta que tu ejemplar rompe todas las previsiones y se venden dos millones de copias? ¡Jaaaa! Y un cuerno. Ja, con tres as para darle más bombo. Entonces, los mecenas que hayan apostado por el libro, ¿se llevarán una medallita de la virgen del suspiro y un ejemplar completamente gratis?

No creo que estén dispuestos a perder su porcentaje de ventas. Ni ellos ni, por supuesto, la empresa que no voy a citar su nombre por respeto.

Está claro que si en vez de ser diseñador gráfico especializado en libros y catálogos, fuese panadero, taxista, abogado (es igual la profesión) y no tuviera ni la más remota idea de montar ni tan siquiera, la primera página del libro, no me importaría que se encargaran ellos de hacerlo todo. Pero no es así. Una parte del puzzle ya está montada. Quedan otras de las que no dispongo de conocimientos: promoción, distribución y venta. Ok a sus exigencias, pero no todo ha de ser como ellos quieren. Digo.

Así que, sin ánimo de ofender a nadie ni enredar tampoco a mis allegados o no tan cercanos «mecenas», prefiero esperar a reunir la pasta y mover el libro cuando sea el momento. Y si no llega ese instante, al menos no me sentiré sucio de mente.

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