Como una cafetera

Hoy, como todas las mañanas, he entrado en la cocina para prepararme el café de la mañana. El único que tomo al día. Antes llegaba a tomar más de tres y la cosa ya no iba por buen camino. Pues eso, hacer el café por la mañana se ha convertido en un ritual. Si no me lo tomo es como si una parte de mí siguiera dormida más rato de la cuenta.

Utensilios: cafetera Oroley de tres tazas. Si estiramos diría que cuatro. Vaso para la medida del agua correspondiente. Si pongo menos, me sabe a poco. Si pongo más, queda demasiado diluida. Vaso, cuchara, azúcar sin refinar y un poquito de leche para cambiarle el color.

Hasta ahí, todo correcto. La incertidumbre se genera justo antes de que acabe de subir el café por el filtro. Nunca sale la cantidad de agua que había calculado. Siempre pongo la misma, en cambio nunca sale igual. ¿Por qué? Ni idea. Diría que eso es debido a lo loca que esté la cafetera ese día.

Si la noche anterior se ha ido de marcha al baño, por ejemplo, al día siguiente me hace una birria de café. Si se ha portado bien y ha llegado a una hora prudente de la sala, entonces sale la cantidad de agua pactada.

Unos días el café sale más caliente, otros más frío. Más de una vez me he preguntado si a la cafetera no se le habrá ido la pinza. Un poco loca sí que está; como su dueño. Creo que está como una cafetera.

Como una cafetera

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