Capadocia.d2

Segundo día

Ayer me llegó a casa con un mensajero de UPS, el USB con información de Lucas que pensábamos haber perdido para siempre.

Hace días que llegó a su pueblo, pero el diario de viaje lo tenía grabado en un pendrive que se perdió por ahí. Suerte que Elm, un amigo en común, lo localizó en una maleta con destino a Nueva Caledonia. Estos tipos de los aeropuertos están fatal.

Jonás se levanta demasiado temprano. A las cuatro de la mañana ya estaba dando por el saco. Al ser su casa, Lucas no podía quejarse. Lo tomas o lo dejas, dijo su anfitrión la primera noche.

Teniendo en cuenta que Lucas lleva el horario de sueño cambiado desde que trabaja en las basuras, no le costó adaptarse al nuevo horario. Total, solo lo tendría que hacer durante once días. Después, volvería a su horario de locos.

Jonás le propuso un día de ayuno. Solo beberían té de hierbabuena.

—¡Solo té! ¿Nada para picar? Te advierto que pasaré mucha hambre, —le dijo Lucas desde el baño (si se puede decir baño).
—El ayuno intermitente que haces en tu pueblo, no sirve para nada, —le comentó Jonás con una carcajada—.

Ciertamente, Lucas hacía trampa cuando decía: hoy voy a estar todo el día solo con té.

—Cuando llevas más de cuatro horas sin tomar nada sólido, el cerebro te engaña haciéndote creer que has comido como un marajá. —Le insistió Jonás para que Lucas se aliviara un poco.
—Y una colla como una olla, —le contestó—.

El desierto es omnipresente, resplandeciente, imponente, penetrante.

Tenían programada una visita al macizo de Aladaglar. Les llevaría todo el día, así que Sarah preparó la noche anterior, las provisiones necesarias para un trayecto de esa envergadura. Mucho té de hierbabuena y unas raíces de dudoso aspecto.

—¿Tendremos suficiente solo con eso? —Le insinuó Lucas.
Of course, —le respondió Jonás—.

Cuando llegaron al pie de las montañas, Lucas no podía creer que en julio y con la temperatura que hacía abajo, tuviera tanta nieve en la cumbre. Era, cuanto menos, increíble.

El propósito de Jonás era romper los paradigmas que nos creamos en Occidente sobre la necesidad de comer cuando tenemos enfrente un obstáculo de esas dimensiones. Dicen que si has de hacer una ascensión muy severa, debes alimentarte bien para no desfallecer.

Jonás, con un litro de té de hierbabuena y dos raíces, tuvo suficiente para hacer la ascensión y después descender, sin haberse cansado lo más mínimo.

—¿Podemos detenernos un instante? —Le gritó Lucas desde una retaguardia lejana—.
—Venga, cuatro pasos más y habremos llegado. —Le contestó a voces Jonás—.

to be continued…

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