Capadocia… ¿Te quedas a comer?

No salgo de mi asombro. No me lo puedo creer. Mientras cortaba la cebolla para hacer el sofrito, Lucas me explicaba, con todo lujo de detalles, lo que recordaba de su visita a la gruta.

—Es probable que no te lo creas, pero te prometo que ni yo mismo estaba seguro de lo que veían mis ojos. Jonas me explicó que, en una ocasión, vio una luz en el cielo tan potente que iluminó toda la tierra desde su cueva hasta la cordillera blanca. Era algo parecido a una aurora boreal.
—Seguro que estás pensando cómo se puede generar una Aurora en pleno desierto, en Turquía. Pues, si no era una aurora, ¿qué diantre podía ser?

—Lucas, pásame el aceite de oliva. Lo tienes detrás del pote de las olivas. Gracias.

Recuerdo que eran las tres de la madrugada cuando Jonas me despertó con su sonrisa habitual. —Lucas, levántate. Tenemos una buena caminata antes de llegar al lugar que te quiero mostrar, —me dijo casi con un susurro—. Sarah hace rato que está despierta.

No tuve que preparar nada. Ya lo había hecho ella.

—Me podías haber despertado antes, Jonas. Os habría ayudado a preparar los víveres y recogido el material para la expedición. —Esas fueron mis palabras, pero no me hizo ni caso.

Salimos de la cueva a las cuatro de la madrugada en dirección a Adalaglar, como estaba previsto. Recuerdo que sobre las 10:00 se empezaba a divisar la colina a la que teníamos que llegar. Me dijo que desde aquella altura podríamos contemplar lo que quería mostrarme. Tenía que sacarle la información a trozos porque el tipo no hablaba más de la cuenta. Después supe por qué.

—No quería que te sobrecogieras con lo que te iba a mostrar. —Me dijo Jonas con cara de pócker.

Cuando llegamos a la cima, como te he explicado esta mañana, me hizo unas señas con el bastón. Miré a ambos lados del camino y me encontré, de repente, con ese monolito que te he dicho antes. Jonas me advirtió de las inscripciones extrañas, al pie de la piedra, que ni siquiera había visto al principio.

«ਤੁਹਾਡੇ ਤੋਂ ਪਹਿਲਾਂ, ਤਾਰਿਆਂ ਦੇ ਵਾਸੀ ਉਹ ਬੀਜ ਬੀਜਣ ਆਏ ਸਨ ਜਿਸ ਨੇ ਤੁਹਾਨੂੰ ਧਰਤੀ ਉੱਤੇ ਉਗਾਇਆ ਸੀ».

—¿En qué idioma está escrito?, —le pregunté con cara de asombro—. Me pareció recordar que había visto esa escritura con anterioridad.
—¿Qué pone? ¿Lo sabes?

Jonas me lo contó con esa tranquilidad que le caracteriza… —por cierto, me gustaría que lo conocieras; es un tipo muy peculiar.

«Escúchame bien con las dos orejas», me dijo. Creo que está escrito en un idioma de aquí, de la Tierra. Un amigo lingüista me comentó que podría tratarse del punjabi, una lengua que se utiliza entre la India y el Pakistan. La traducción sería algo parecido a «antes que vosotros, vinieron los pobladores de las estrellas para plantar la semilla que os hizo crecer en la Tierra».

—Una porra como este puño de grande. —Le dije con cara de acelga—.
—Ya. Te estás quedando conmigo. Un idioma de la India y está escrito en un monolito en la cordillera de Adalaglar, ¿aquí en Turquía? No entiendo nada.

Pues no. No se estaba quedando con él. Lucas me lo contó con una seriedad como nunca le había visto antes. Cada vez que exponía alguno de los momentos que vivió allí, se le ponían los pelos de punta. Y no era por miedo, precisamente; en su rostro se reflejaba una mezcolanza de expresiones como humildad, asombro, perplejidad, desasosiego, temor, alegría, respeto, etc. Todo muy extraño y real como la vida misma. Todo lo que me explicó Lucas era, en una sola palabra, increíble. No encuentro otra forma de explicar esta historia.

—Por cierto, los espaguetti te han salido de muerte. Hacía tiempo que no me picaba tanto la lengua. Ya te vale.

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