Comerse una galleta

Los aficionados a desayunar leche, café con leche o té con galletas como lo hace Lucas casi todos los días, se habrán encontrado, en más de una ocasión, con alguna de estas situaciones:

  • Sumerges la galleta en un tiempo inferior al de un suspiro y se desprende la parte húmeda, de manera que te manchas el pijama o la prenda de ropa que, en ese momento, lleves puesta. Los hay que desayunan en pelotas, pero no creo que sea en invierno. Nunca se sabe.
  • Para rescatar la galleta que se ha convertido en una sustancia blandiblue, puedes utilizar la cucharilla de café, el filtro que usas para preparar una infusión o directamente un colador. Con este último artilugio te aseguro que pillas la galleta entera. Eso sí, tendrás que cambiar de taza, vaso o bol si no quieres encontrarte con un «submarino».
  • Justo en el instante cero en que se desprende la galleta de tus dedos pulgar con el índice (la pinza), existe la probabilidad de que de tu boca salga un improperio (mecagüen…). A Lucas le ocurre con frecuencia.

Las Campurrianas son sus galletas predilectas. Ha pasado por un motón de marcas: Fontaneda, Birba, Maria Dorada, Santiveri, las de coco, chocolate, nata, etc, pero la que tiene un sabor a antiguo, a horno de abuela son, sin duda, las Campurrianas.

Cabe la posibilidad de que todas las galletas mencionadas salgan de la misma fábrica, como pasa con la Honda CB500X y otras marcas de moto de cilindrada similar, que se ensamblan en la misma factoría (no sé si en China o Tailandia). Cambian de nombre y de acabados, pero el motor es prácticamente el mismo.

Hace años, llevaba el coche de mi pareja a un taller del Vallès. Trabajaban dos mecánicos bastante buenos, amantes de su profesión. Uno de ellos era mucho más friki que el otro. Como si no tuviese otra cosa que hacer, me dijo que fue con su pareja de vacaciones a visitar la fábrica de Volkswagen, en Wolfsburg.

En la visita guiada por la factoría, se percató de un pequeño detalle que le reafirmó, aún más, de lo gilipollas que son la mayoría de los humanos fardantes que van de marcas por la vida (me he comprado un Wendsferd, con tropecientos caballos, único en el mundo). ¡Y una mierda como el sombrero un picaór!

Resulta que al final de la cadena de montaje, cuando quedan los últimos retoques para que el vehículo cambie de fase, al operario de turno le llega un vehículo -pongamos por caso-, uno y justo detrás el otro. Los dos tienen los mismos componentes; son prácticamente iguales, mismo motor, mismos acabados, mismos detalles, etc. Solo se distinguen por pequeños gadgets que sirven para que uno cueste el doble que el otro (más o menos).

Al final de la cadena, el operario colocará en la parrilla frontal, el escudo de W (Volkwagen) o el de P (Porsche). Un vehículo se irá a la izquierda y el otro a la derecha.

Cita del mecánico

Esa misma historia la contó el tío de una expareja que tuvo Lucas hace dos mil años. Trabajaba en la Nissan, en una cadena de montaje parecida a la que fue a visitar nuestro mecánico. Dos vehículos seguidos en la cinta transportadora. Hacia la izquierda iría el Ford Maverick y a la derecha el Nissan Patrol. El vehículo era exactamente el mismo, solo que tenían diferentes elementos decorativos o detalles curiosos para hacer ver que eran diferentes.

¿No pasará lo mismo con las galletas? Y, ya puestos a pensar mal, ¿qué me dices de los jabones para la ropa, los líquidos o los de polvos? ¿No saldrán todos de la misma fábrica?

Cuando Lucas vivía en Barcelona, muchos días de vuelta del cole, pasaba por delante de la fábrica Henkel Ibérica que quedaba a unas cuantas manzanas de su casa. De vez en cuando, las puertas del almacén estaban abiertas a la espera de la llegada de los camiones que debían hacer los repartos. Recuerda, en más de una ocasión, haber visto los potes de Colón, Elena, Dixan, Ariel, por ahí, destapados y un operario rellenarlos con un embudo.

Lucas, extrañado, no entendía por qué en la tele anunciaban tantos jabones si, según su cabeza de pensar, todos esos estaban en la misma planta.

Pensamientos de un crío de doce años.

Hay que ver lo que da de sí el desparrame de una galleta, mientras disfrutas del desayuno de un domingo cualquiera.

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