Peor que el aliento de un caníbal

Podríamos llenar cientos de bits de datos con anécdotas del trabajo. A cuál más curiosa, estremecedora, intrigante, peligrosa, de ascos, de persecuciones policiales, etc.

Vamos, lo que antes eran páginas y páginas de un cuaderno…

Ayer, un colega, nos explicaba que, aunque tiene mucho aguante a casi todos los olores del mundo, en una ocasión, no pudo con su alma.

Nos relataba que tuvo que hacer un servicio especial. Se trataba de recoger el contenido de los congeladores de un establecimiento.

El contenido era carne. El establecimiento, un restaurante.

El problema: se había ido la luz hacía bastantes semanas.

El servicio: retirar carne podrida con una antigüedad lo suficientemente importante, con los problemas de salubridad que acarrea este hecho.

El resultado: sin comentarios.

Pero hay una parte buena en esta historia

Es una anécdota divertida del servicio que nos contó.

Nos explicaba que los vehículos que transportan este tipo de productos, no pasan de 30 km/h.

La ruta transcurrió por una calle muy estrecha que no permitía adelantamientos.

Llevaban pegado a su matrícula un Ferrari, de esos tan chulos, descapotable.

El conductor, un señor de avanzada edad que posiblemente tenía mucha prisa, no paraba de tocar el claxon para que le dejaran pasar.

A su lado iba una jovencísima mujer (según datos ofrecidos por mi colega), que era un bollicao y guapísima.

Ahora que lo pienso con más detenimiento, ya sé por qué el señor mayor del Ferrari tenía tanta prisa…

Bien.

La escena era la siguiente:

  • El camión no podía pasar de los 30 km/h
  • Llevaba una carga muy, pero que muy desagradable.
  • El señor mayor del Ferrari, que llevaba a su lado a una despampanante «bollicao», y que muy probablemente no era su hija, tenía mucha prisa.
  • El Ferrari no podía adelantar en una calle tan estrecha.
  • El conductor del camión, sin querer, metió la rueda en un agujero de la calle y desafortunadamente, una escotilla de la parte trasera del camión, se abrió.
  • El señor mayor del Ferrari, se distanció de golpe.
  • Aunque la distancia entre el Ferrari del señor mayor y los espejos retrovisores del camión se habían ampliado, se podía ver perfectamente, cómo el señor mayor del Ferrari gesticulaba y movía la boca de la forma típica cuando sueltas improperios.
  • Cuando el Ferrari del señor mayor pudo sobrepasar al camión, en una calle más ancha, éste seguía moviendo las manos y la boca, seguramente, por la cantidad de improperios que llevaba acumulados.

El conductor del camión y el copiloto coincidieron en el mismo pensamiento: —el señor mayor del Ferrari va a llevar impregnado en su ropa, en su cabello, en su nariz, en su jovencísima bollicao, en los asientos tapizados en piel de su Ferrari, un olor a carne podrida que no se la va a quitar, por más que se lave, en muuucho tiempo.

Un olor peor que el aliento de un caníbal.

Peor que el aliento de un caníbal

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