Ahora está, ahora no

¿Te ha pasado alguna vez que desmontas un cacharro que contiene un muelle, una junta, un pestillo, un tornillo o algo muy pequeño, lo dejas encima de una superficie plana y cuando lo vas a buscar ya no está?

Te vuelves loco o loca. Generas un diálogo contigo, en plan: —pero, si lo he dejado aquí. —¿Dónde diablos ha ido a parar?, y otras preguntas con las que no me extenderé.

Por ejemplo: has de cambiar la batería de la moto porque la tuya se ha muerto. Vas a la tienda, enseñas la tuya (la batería). El dependiente te muestra varias opciones y escoges la más adecuada.

En la caja hay dos tornillos con sus tuercas y arandelas correspondientes, vaselina para untar los bornes. Por supuesto, la batería y un pequeño manual de instrucciones que, particularmente yo, no me voy a leer.

Te instalas en un lugar con suficiente luz, tranquilidad y muy importante: sin rendijas.

Desconectas la batería antigua. Dejas a un lado, por si acaso, los tornillos con sus tuercas y arandelas correspondientes. Sacas de la caja la nueva batería, sus tornillos con sus tuercas y arandelas correspondientes. También la vaselina.

En el sitio que ha quedado vacío, insertas la batería nueva.

Cuando vas a echar mano de los tornillos, compruebas que falta uno. Hace tan solo un instante, había dos tornillos con sus tuercas y arandelas correspondientes. Lo tienes clarísimo. No puedes estar más seguro o segura, ya que los has puesto tú, justo al lado de la nueva.

Miras en el suelo, en la caja, en el espacio vacío que ha dejado la anterior batería. En los bolsillos de tus pantalones, de tu camisa. Incluso en una chaqueta que ni tan solo llevabas puesta.

Es igual. No está. Se ha esfumado.

—No puede ser. Pero si estaba aquí hace un momento.

Aunque ya lo has mirado catorce veces, vuelves a revisar en los mismos sitios que antes.

Esta vez, le das la vuelta a la caja, a los bolsillos, e incluso te desplazas dos o tres metros del lugar en el que se encontraba todo bien colocado, sobre la superficie sin rendijas ni escondites.

—Seguro que hay un duende cabrón que te lo esconde todo. Piensas en voz alta.

Te dices para tus adentros: —menos mal que conservé los tornillos con sus tuercas y arandelas correspondientes, que si no…

Hoy me ha pasado algo parecido con la junta del tubo del gas butano de la cocina.

He desconectado el tubo por los dos extremos para verificar la forma y la medida de la tetina. Estoy valorando comprar una nueva.

¡Sorpresa! No hay tetina. Es una conexión bastante antigua.

Vuelvo a montarlo todo como estaba en origen.

—¿Dónde está la junta verde que hace un momento tenía aquí mismo? Te preguntas, esta vez en voz alta, sumándole algún que otro improperio.

—¡Será posible!

Remueves cielo y tierra. Nada.

Miras en los bolsillos, debajo de la cocina y de la nevera… por si acaso se hubiese ido rodando.

Nada.

Cabreado, me dirijo al recibidor. Me pongo el calzado de calle y voy a la ferretería del pueblo.

—Espero que tengan esta arandela.

Pues tampoco.

Tienen una que es para agua y comentan que también puede servir.

No estoy muy seguro, pero el especialista es el ferretero.

Vuelvo a casa pensando dónde coño fue a parar la junta. —¿No estará aquí, debajo de este chisme?

Tampoco. Definitivamente, ha desaparecido o se la han comido los gatos.

NPI

Bajo tu responsabilidad, instalas la junta para agua que, supuestamente, a partir de ahora será la junta para gas.

—Que no me explote la cocina y nos vayamos todos ATPC.

De todas formas, a esta cocina le quedan dos telediarios. De los tres fogones que tiene, solo quema bien uno. Y el horno hace tiempo que dejó de funcionar.

Ya me ves planteándome otra inversión.

Espero vivir para contarlo.

Por el momento, voy a prepararme un té bien calentito.

Ahora está, ahora no

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