Afonía

Quieres hablar y no puedes hacerlo como otras veces.

Te sientes un poco impotente.

Te gustaría gritar a los cuatro vientos, pero es precisamente por culpa de ellos que estás afónico.

El sábado salí de excursión por las rodalies de mi pueblo. Hacía un día espléndido. Solete. Buena visibilidad y bastante viento.

Los ingredientes perfectos para un catarro: la gran sudada, una camiseta húmeda y mucho viento. El resultado es una afonía que dura desde el sábado noche.

Suena como a «fiebre del sábado noche», pero sin fiebre.

Estoy tomando un remedio de la abuela: infusión de jengibre, limón y miel. Faltaría quizás tomillo, pero no tengo.

Me lo dijo un cantante de ópera, en la modalidad de tenor.

—Mano de santo. Me comentó.

A ver.

Ya lo había tomado en otras ocasiones y el resultado no se hizo esperar.

Esta vez es un poco más lento, pero confío en los remedios caseros.

Eso sí, hablar por teléfono con seres humanos es un poco embarazoso. Todos preguntan lo mismo.

—Que no. Que no soy «el Padrino». Pero qué pesaos…

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy tomando «el remedio».

Bufanda, gorra, infusión y un poco de escritura para activar la mente.

Espero que no lo lamente el que lo lea.

Igual son paranoias mías.

¿A quién se le ocurre hablar sobre su afonía? ¿Es el motivo para escribir 20 líneas de cosas irrelevantes?

Mejor escrito que hablado. Mi garganta no está para fiestas.

Afonía

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